
Ser profesor o profesora no significa tener siempre la última palabra. Significa enseñar todo lo necesario para que nadie sea condenado a no tener ninguna. La escuela transmite conocimientos, pero también distribuye posibilidades de comprender, participar y transformar. En el Día de las Profesoras y los Profesores, una reflexión sobre autoridad, igualdad, democracia y el sentido político de enseñar.
UNA REFLEXIÓN POLÍTICA SOBRE LA EDUCACIÓN EN EL DÍA DE LAS PROFESORAS Y LOS PROFESORES.
“Nadie educa a nadie -nadie se educa a sí mismo-, los hombres se educan entre sí con la mediación del mundo”.
La conocida frase de Paulo Freire, incluida en Pedagogía del oprimido, suele utilizarse para destacar la importancia del diálogo y cuestionar una enseñanza organizada alrededor de la palabra exclusiva del docente. Sin embargo, su sentido es más profundo. No afirma que nadie enseñe ni que todos sepamos lo mismo. Tampoco propone reemplazar el conocimiento por la espontaneidad o abandonar la responsabilidad pedagógica.
Nos invita a reconocer que todo proceso educativo es una relación entre personas que interpretan un mundo compartido.
Y ESE MUNDO NUNCA ES NEUTRAL.
Educar supone decidir qué conocimientos deben transmitirse, qué historias serán recordadas, qué preguntas merecen formularse y qué capacidades necesita una sociedad para proyectar su futuro. Por eso, aunque a veces se la presente como una cuestión exclusivamente técnica, la educación es también un hecho político.
No necesariamente porque deba responder a un partido o a un gobierno. Es política porque interviene en la formación de las personas, en la construcción de lo común y en la distribución de un recurso decisivo: la posibilidad de comprender, argumentar y participar.
LA ESCUELA: ENTRE LA CONSERVACIÓN Y EL CAMBIO.
Todas las sociedades educan porque necesitan transmitir algo de sí mismas. Una lengua, una historia, ciertos conocimientos, valores, reglas de convivencia y modos de relacionarse con los demás. Sin esa transmisión, cada generación tendría que comenzar nuevamente desde cero.
Desde una perspectiva clásica, Émile Durkheim pensaba la educación como el proceso mediante el cual una sociedad forma a sus nuevos integrantes e incorpora en ellos las disposiciones necesarias para la vida colectiva. La escuela cumple, desde esta mirada, una función de integración: permite construir referencias comunes entre personas que provienen de familias, territorios y experiencias diferentes.
Esta función continúa siendo indispensable. No hay sociedad democrática posible si sus ciudadanos no comparten algunos códigos, conocimientos e instituciones.
Pero la misma escuela que integra también puede reproducir desigualdades.
Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron mostraron que la educación no se desarrolla sobre un terreno socialmente nivelado. Los estudiantes llegan a las aulas con recursos económicos, culturales y simbólicos muy diferentes. Cuando la escuela considera naturales los saberes, modos de hablar y experiencias de los sectores socialmente favorecidos, puede transformar privilegios de origen en diferencias aparentemente individuales de capacidad o mérito.
La promesa de igualdad queda entonces incompleta: todos ingresan a la misma institución, pero no todos cuentan con las mismas condiciones para apropiarse de aquello que allí se enseña.
Esta tensión continúa atravesando nuestras escuelas. La educación puede ampliar derechos y oportunidades, pero también puede legitimar desigualdades. Puede abrir puertas, aunque también puede construir mecanismos más o menos silenciosos de exclusión.
Reconocer esta contradicción no significa negar el valor de la escuela. Significa asumir que su función democratizadora no se cumple automáticamente. Debe ser construida todos los días.
FREIRE Y LA EDUCACIÓN COMO PRÁCTICA DE LA LIBERTAD.
Paulo Freire cuestionó aquello que denominó “educación bancaria”: una relación en la cual el docente deposita contenidos y los estudiantes deben recibirlos, conservarlos y repetirlos. Bajo ese modelo, saber significa memorizar la palabra de otro y aprender equivale, demasiadas veces, a obedecer.
Frente a ello, Freire propuso una educación problematizadora. El conocimiento no debía permanecer separado de la realidad, sino permitir su interpretación crítica. Los estudiantes no serían recipientes vacíos, sino sujetos portadores de experiencias, saberes y preguntas.
Pero existe una simplificación que conviene evitar:
reconocer la voz de los estudiantes no implica que el docente deba renunciar a enseñar. Una relación pedagógica no es una conversación casual entre personas que poseen los mismos conocimientos y responsabilidades.
El profesor estudia, selecciona materiales, organiza problemas, presenta conceptos, establece relaciones y acompaña procesos que difícilmente se producirían de manera espontánea. Su tarea no consiste en retirarse de la escena, sino en construir las condiciones para que otros puedan ingresar en ella.
La educación democrática no elimina la diferencia entre quien enseña y quien aprende. Evita que esa diferencia se transforme en dominación.
La autoridad pedagógica no debería apoyarse en la humillación, el temor o la imposibilidad de preguntar. Debe construirse a partir del conocimiento, la responsabilidad, el cuidado y la capacidad de ofrecer algo valioso. La autoridad no consiste en tener siempre la última palabra, sino en responder por el mundo que presentamos a quienes llegan a él.
Aquí aparece una tensión fundamental. Sin autoridad, la enseñanza puede diluirse en una conversación sin dirección. Sin libertad, puede reducirse a obediencia. El desafío consiste en construir una autoridad que no anule la palabra de los estudiantes y una participación que no vacíe de sentido la tarea de enseñar.
EL AULA COMO EXPERIENCIA DEMOCRÁTICA.
John Dewey sostenía que la democracia no debía entenderse solamente como una forma de gobierno. También era una forma de vida asociada, basada en la comunicación, la cooperación y la posibilidad de participar en la construcción de experiencias comunes.
Desde esa perspectiva, la escuela no prepara para la democracia únicamente cuando explica la Constitución, las elecciones o la división de poderes. También lo hace -o no- en su vida cotidiana.
Cada vez que una persona puede fundamentar una opinión, escuchar un argumento diferente, revisar sus propias ideas y participar de una decisión compartida, se produce una experiencia democrática. Por el contrario, cuando alguien aprende que preguntar molesta, que disentir tiene consecuencias o que la palabra pertenece siempre a quienes ocupan posiciones de autoridad, también está recibiendo una educación política, aunque no figure en ningún programa de estudios.
La democracia se enseña mediante contenidos, pero también mediante prácticas.
No alcanza con afirmar que todas las voces tienen el mismo valor. La escuela debe proporcionar las herramientas para que esas voces puedan construir argumentos, distinguir una evidencia de una opinión, reconocer información falsa y comprender problemas que exceden la experiencia individual.
Tomar la palabra es un derecho. Poder sostenerla con conocimientos es una capacidad que la educación debe ayudar a construir.
Por eso, una pedagogía democrática no significa que cualquier afirmación resulte igualmente válida. El diálogo no elimina la necesidad de pruebas, conceptos, procedimientos ni criterios de verdad. Por el contrario, exige aprender a justificar lo que se afirma y aceptar que nuestras ideas pueden ser interrogadas por los demás.
IGUALDAD NO SIGNIFICA NEGAR LAS DIFERENCIAS.
Jacques Rancière formuló una provocación importante: la igualdad no debería aparecer solamente como una meta lejana que algún día alcanzarán quienes todavía serían considerados inferiores. Debe funcionar como un punto de partida.
Esto no supone afirmar que todos sabemos lo mismo. Significa reconocer que ninguna desigualdad de conocimientos autoriza a establecer una desigualdad entre inteligencias.
Una escuela democrática puede reconocer que un estudiante todavía no domina determinado contenido sin definirlo por aquello que le falta. Puede acompañar sus dificultades sin convertirlas en una identidad. Puede exigir sin excluir y enseñar sin establecer que algunos nacieron para comprender y otros para obedecer.
La inclusión no consiste en disminuir indefinidamente lo que la escuela enseña. Tampoco en reemplazar el conocimiento por una retórica tranquilizadora.
Incluir significa generar las condiciones necesarias para que todos puedan acceder a saberes complejos.
No existe verdadera igualdad cuando solo algunos reciben una educación capaz de abrirles el mundo, mientras a otros se les ofrece apenas contención, permanencia o acreditación.
UNA INSTITUCIÓN NECESARIA QUE NECESITA CAMBIAR.
Defender la escuela pública no exige negar sus problemas. Por el contrario, una institución se defiende seriamente cuando se reconocen sus límites y se trabaja para transformarla.
La escuela que conocemos fue construida para otro tiempo. Organizó simultáneamente a grupos numerosos, dividió el conocimiento en asignaturas, estableció horarios rígidos y convirtió la acreditación en una de sus funciones centrales. Ese formato permitió una expansión educativa extraordinaria, pero hoy enfrenta dificultades para responder a sociedades más fragmentadas, desiguales y atravesadas por tecnologías que modificaron nuestra relación con la información.
Los cambios necesarios no consisten simplemente en incorporar pantallas, plataformas o aplicaciones.
Una clase tradicional no se vuelve innovadora porque el mismo contenido aparezca en un dispositivo. La tecnología puede ampliar posibilidades de acceso, producción y participación, pero también puede profundizar desigualdades, dispersar la atención y entregar decisiones educativas a sistemas cuyos criterios desconocemos.
La irrupción de la inteligencia artificial vuelve todavía más urgente esta discusión. Si una máquina puede producir una respuesta aceptable en pocos segundos, la escuela no puede limitarse a solicitar respuestas previsibles. Tendrá que enseñar a formular mejores preguntas, contrastar fuentes, reconocer sesgos, relacionar información y asumir responsabilidad por aquello que se afirma.
Sin embargo, tampoco debemos confundir disponibilidad de información con conocimiento. Nunca hubo tanta información al alcance de tantas personas y, al mismo tiempo, nunca resultó tan fácil construir mundos cerrados, difundir falsedades o reemplazar argumentos por reacciones inmediatas.
La tarea docente no pierde importancia frente a este escenario. Se vuelve más compleja y más necesaria.
EDUCAR TAMBIÉN ES DISTRIBUIR PODER.
Desde una perspectiva politológica, el conocimiento constituye una forma de poder. Quien puede leer críticamente una norma, interpretar una estadística, reconocer los intereses presentes en un discurso o reconstruir históricamente un conflicto posee mayores herramientas para defender sus derechos y participar de la vida pública.
Por lo dicho, la desigualdad educativa no es únicamente una diferencia académica. Es también una desigualdad política.
Una democracia en la cual una parte de la población carece de herramientas para comprender las decisiones que afectan su vida será formalmente igualitaria, pero materialmente limitada. El voto establece una igualdad jurídica fundamental; la educación contribuye a convertirla en capacidad efectiva de participación.
La escuela no puede resolver por sí sola las desigualdades producidas por la estructura económica y social.
Resultaría injusto exigirle que compense todos los problemas que la sociedad no logra resolver. Pero tampoco es irrelevante frente a ellos.
Cada conocimiento compartido, cada pregunta habilitada y cada estudiante que descubre que puede comprender algo que parecía reservado para otros modifica, aunque sea parcialmente, la distribución del poder.
RECONOCER A QUIENES ENSEÑAMOS.
En el Día de las Profesoras y los Profesores se habla con frecuencia de vocación. La palabra puede expresar compromiso, afecto y elección. Pero también puede utilizarse para naturalizar que la docencia deba sostenerse a partir del sacrificio personal.
Ninguna política educativa seria puede depender exclusivamente de la vocación.
Reconocer a quienes enseñan significa garantizar salarios dignos, tiempo institucional para planificar, oportunidades de formación, infraestructura adecuada y condiciones que permitan acompañar trayectorias cada vez más diversas. También significa recuperar el valor público de una tarea frecuentemente evaluada desde afuera mediante simplificaciones, nostalgias o culpabilizaciones.
Los docentes no somos ejecutores automáticos de programas ni simples facilitadores de aprendizajes individuales. Somos trabajadores intelectuales y agentes públicos que interpretamos situaciones, tomamos decisiones y construimos cotidianamente una parte esencial de la vida democrática.
Enseñar es elegir qué parte del mundo mostrar, cómo presentarla y qué preguntas formular sobre ella. Es sostener una apuesta difícil: creer que alguien puede comprender más de lo que comprende hoy y que ese nuevo conocimiento puede modificar su relación consigo mismo, con los demás y con la sociedad.
ABRIR LA POSIBILIDAD DE LA PALABRA.
La educación necesita cambios profundos. Necesita revisar formatos, incorporar nuevos lenguajes, dialogar con las culturas juveniles y utilizar críticamente las tecnologías. Pero transformar no significa abandonar todo aquello que la escuela representa.
Necesitamos cambiarla porque sigue siendo necesaria.
En una sociedad atravesada por la desigualdad, la polarización y la circulación acelerada de información, la escuela continúa siendo uno de los pocos espacios donde personas diferentes pueden encontrarse alrededor de algo que no eligieron previamente.
Allí reside parte de su potencia política:
construir un mundo común sin borrar las diferencias.
Educar no es fabricar ciudadanos que piensen de una determinada manera. Es proporcionarles herramientas para que puedan pensar, argumentar, elegir y actuar sin quedar sometidos a la palabra de otros.
No enseñamos para que nuestros estudiantes repitan nuestras respuestas. Enseñamos para que puedan comprender las preguntas de su tiempo, formular otras nuevas y participar en la construcción de respuestas colectivas.