
Un posible límite al crecimiento del Presidente puede abrir espacio para otras candidaturas. Una oferta más amplia podría incorporar electores, cambiar el liderazgo del espacio no peronista o dividir sus apoyos.
Por Daniel D. Molina.
Si otras fuerzas perciben que Javier Milei tiene dificultades para ampliar su respaldo electoral, pueden encontrar una razón para competir por fuera de su liderazgo. Allí donde el Presidente no consigue sumar apoyos, sus posibles competidores pueden imaginar una oportunidad. La pregunta es qué producirían esas alternativas: una ampliación del electorado no peronista, un cambio en su conducción o una división que favorezca al peronismo.
Hernán Lacunza busca posicionarse como precandidato presidencial del PRO. La conducción nacional de la UCR, por su parte, impulsa una candidatura propia para 2027, todavía sin definir quién la encabezaría. Son movimientos preliminares y no garantizan que esas opciones lleguen por separado a la elección. Pero abren la posibilidad de una competencia en la que otras fuerzas disputen un lugar junto a LLA y el peronismo.
La hipótesis es que la percepción de un límite al crecimiento del Presidente podría alentar esos proyectos. Las declaraciones partidarias no prueban esa motivación. Permiten, sin embargo, explorar una posibilidad: que algunos dirigentes consideren que existen electores disponibles y que una propuesta propia podría representarlos.
EL LÍMITE DE MILEI NO SERÍA NECESARIAMENTE EL DE SUS COMPETIDORES.
Hablar de un eventual techo electoral significa pensar en las dificultades de un candidato para incorporar nuevos apoyos bajo determinadas condiciones. Los resultados económicos, las prioridades de gobierno, las alianzas y los competidores pueden modificar ese límite.
Además, conservar un núcleo de respaldo sin conseguir ampliarlo es distinto de empezar a perder adhesiones. En el primer escenario, las alternativas podrían buscar a quienes permanecen fuera del oficialismo. En el segundo, también disputarían a quienes comienzan a alejarse.
Podría haber ciudadanos que acompañaran algunas orientaciones económicas del Gobierno, pero cuestionaran sus resultados o su manera de ejercer el poder. Otros podrían haber votado a Milei principalmente por rechazo al peronismo y preferir una opción diferente si la consideraran competitiva.
Ese sería un espacio posible para nuevas candidaturas.
El límite de Milei no tendría por qué ser el límite de otras opciones no peronistas: otra figura podría atraer electores que el Presidente no consigue sumar.
Pero esa oportunidad tendría que construirse. Una alternativa necesitaría ofrecer razones para acompañarla, una identidad reconocible y cierta expectativa de viabilidad. La existencia de ciudadanos disconformes no asegura que estén dispuestos a votar a cualquiera de sus competidores.
La relación también puede funcionar en sentido inverso. Una candidatura atractiva podría darle una salida a quien hoy acompaña a Milei con reservas y modificar su capacidad de retener apoyos. Si las alternativas no consiguieran consolidarse, el Presidente podría fortalecerse como la opción con mayores posibilidades de triunfo.
Las dificultades de un liderazgo pueden abrir espacio a sus competidores. Lo que hagan esos competidores puede ampliar o reducir ese espacio.
UNA OFERTA MÁS AMPLIA PUEDE CAMBIAR EL ELECTORADO.
La cuestión decisiva es de dónde provienen los votos de cada alternativa.
Si una candidatura radical movilizara a ciudadanos que se abstendrían ante una elección concentrada entre Milei y el peronismo, podría ampliar el respaldo agregado de las fuerzas no peronistas. Algo similar ocurriría si una opción del PRO atrajera a electores que, por disconformidad con el Gobierno, estuvieran considerando votar al peronismo.
Si las nuevas candidaturas captaran principalmente apoyos que, en su ausencia, irían a LLA, el efecto sería diferente: más competidores se repartirían un electorado de tamaño similar.
También podría aparecer una alternativa capaz de disputar el liderazgo. No se limitaría a restarle votos al Presidente: podría convertirse en una opción capaz de reunir apoyos que él no alcanza.
Estas dinámicas pueden combinarse. Una misma candidatura podría recuperar abstencionistas, atraer algunos votantes del peronismo y quitarle otros a Milei. Por eso, su porcentaje de intención de voto no basta para comprender su efecto sobre la competencia.
La UCR y el PRO tampoco tendrían necesariamente que buscar al mismo electorado. Sus diferencias políticas y territoriales podrían llevarlos a competir, establecer acuerdos o integrarse en una propuesta común.
La amplitud inicial de la oferta no determina cuántas opciones llegarán finalmente a las urnas.
LA APUESTA AL BALOTAJE TIENE UN RIESGO.
La doble vuelta ofrece un incentivo para construir candidaturas propias. Una fuerza puede imaginar que, aun sin encabezar la primera vuelta, tiene posibilidades de quedar segunda y reunir nuevos apoyos después.
Pero ese recorrido depende de que haya balotaje. En Argentina, una fórmula gana directamente si obtiene más del 45% de los votos afirmativos válidamente emitidos, o si alcanza al menos el 40% y supera al segundo por más de diez puntos porcentuales.
Un ejemplo hipotético permite ver el riesgo. Una candidatura peronista con el 41% frente a un segundo ubicado en el 33% tendría que disputar una segunda vuelta. Si ese segundo descendiera al 28% porque otras opciones captaran parte de sus apoyos, y ninguna de ellas lo superara, el mismo 41% permitiría al peronismo ganar directamente.
En cambio, si las nuevas alternativas consiguieran atraer suficientes votos que de otro modo irían al peronismo y lo dejaran por debajo del 40%, le impedirían ganar en primera vuelta. La existencia de un balotaje dependería también del resultado de las demás fuerzas.
La fragmentación puede producir, entonces, consecuencias diferentes. Importa cuánto se divide un espacio, pero también si la ampliación de la oferta modifica el apoyo de su adversario.
Llegar a segunda vuelta tampoco resolvería por sí solo el problema de construir una mayoría. Una alternativa tendría que demostrar que puede atraer a quienes Milei no alcanza y, si llegara al balotaje, sumar también suficientes apoyos entre quienes hoy lo acompañan. Ser más competitivo en primera vuelta no garantiza serlo en la segunda.
Cada partido puede encontrar razones para competir por separado. Sin embargo, decisiones razonables para cada organización pueden producir, en conjunto, un resultado que ninguna buscaba.
LOS PARTIDOS TAMBIÉN DISPUTAN SU LUGAR.
Una candidatura presidencial puede servir para recuperar identidad, impulsar dirigentes, sostener listas legislativas y mejorar la posición de una fuerza en futuras negociaciones. Puede ser una apuesta a ganar y una herramienta para reconstruir un partido.
Por eso, los proyectos propios de la UCR o del PRO no deberían interpretarse únicamente como una respuesta a las dificultades de Milei. También pueden expresar una disputa por la autonomía y por el lugar que cada organización quiere ocupar en el sistema de partidos.
Compartir una ubicación fuera del peronismo no convierte a esas fuerzas en una coalición cohesionada. Tienen diferencias sobre políticas públicas, liderazgos y formas de gobernar.
Sus votantes tampoco son intercambiables. Sumar sus porcentajes puede servir para describir una distribución electoral, pero no demuestra que exista una mayoría política dispuesta a acompañar al mismo candidato.
Hasta 2027, la oferta podría ampliarse y después reducirse mediante acuerdos, retiros o concentración de preferencias. Un Milei fortalecido tendría mejores condiciones para reunir apoyos. Un Presidente debilitado podría estimular alternativas, aunque ese desgaste también podría beneficiar al peronismo o aumentar la abstención. Del otro lado, la unidad peronista y la capacidad de su candidato para crecer modificarían esos cálculos.
La aparición de proyectos alternativos abre, por ahora, una disputa por representar a quienes el Presidente no consigue incorporar o podría dejar de contener.
La oportunidad de sus competidores consistiría en reunir apoyos que Milei no alcanza y convertirlos en una opción capaz de ganar.
Si solo consiguieran repartirse los votos que hoy lo acompañan, habría más candidaturas, pero la dispersión podría dejar a esas fuerzas en peores condiciones frente al peronismo.