
“Como nossos pais”, la canción de Belchior popularizada por Elis Regina, ofrece una clave para pensar la sucesión: qué cambia y qué permanece. El bolsonarismo desplazó al PSDB como principal referencia presidencial de la derecha. Flávio Bolsonaro intenta conservar esa herencia y ampliar su aceptación con otro estilo de campaña y nuevos acuerdos políticos.
Por Daniel D. Molina
Flávio Bolsonaro terminó primero en las elecciones presidenciales de Brasil con el 47,03% de los votos válidos, frente al 45,16% de Luiz Inácio Lula da Silva, según el Tribunal Superior Electoral, con el 99,99% de las urnas escrutadas. La Presidencia se resolverá el 25 de octubre. El resultado muestra la persistencia electoral del bolsonarismo, aunque todavía no permite anticipar una mayoría definitiva.
La candidatura de Flávio plantea una pregunta que excede esta elección: ¿cómo consiguió el bolsonarismo desplazar a la centroderecha tradicional y conservar su posición como uno de los dos polos de la competencia presidencial?
El recorrido de las últimas dos décadas muestra que la derecha brasileña ya tenía candidaturas capaces de reunir una parte importante del electorado.
La transformación ocurrió en su liderazgo, en las identidades que movilizaba y en su relación con quienes rechazaban al Partido de los Trabajadores.
EL DESPLAZAMIENTO DEL PSDB.
En 2006, Lula y Geraldo Alckmin reunieron el 90,25% de los votos válidos de primera vuelta. Alckmin obtuvo el 41,64%, pero retrocedió al 39,17% en el balotaje. Lula alcanzó el 60,83%. La competencia estaba concentrada, pero el principal candidato opositor encontró dificultades para conservar sus apoyos y atraer otros.
En 2010 y 2014, Marina Silva abrió un espacio importante para terceras opciones: obtuvo el 19,33% y el 21,32%, respectivamente. Ese voto no puede clasificarse automáticamente como derecha. La oposición al PT reunía preferencias diferentes y no aseguraba una decisión compartida en segunda vuelta.
La evolución de la fragmentación ayuda a entender el contexto. El número efectivo de candidaturas pondera a cada competidor por su proporción de votos: cuanto mayor es el valor, más dispersa resulta la competencia.

Fuentes: Justicia Electoral, resultados del TSE reproducidos por Folha y misión electoral de la OEA.
Jair Bolsonaro ganó en 2018 con una fragmentación ligeramente mayor que la de 2014, cuando ganó Dilma Rousseff. En 2022, con una competencia mucho más concentrada, perdió. La fragmentación general, por sí sola, resulta insuficiente para explicar la dirección política del resultado.
El cambio más significativo aparece en el desempeño de las candidaturas. En 2018, Alckmin encabezó una coalición de nueve partidos y obtuvo apenas el 4,76%. Bolsonaro, cuya alianza formal reunía al PSL y al PRTB, alcanzó el 46,03%. El Partido de la Social Democracia Brasileña -PSDB- conservaba dirigentes y organizaciones, pero había perdido su posición como principal referencia presidencial de la derecha.
El contraste revela un límite de los acuerdos partidarios: reunir organizaciones no garantiza representar a sus electores.
Bolsonaro consiguió una adhesión que desbordó el peso de su coalición formal.
Los estudios sobre 2018 identifican la importancia del antipetismo, la identificación ideológica de derecha y el rechazo a los partidos. Su candidatura articuló esas preferencias y convirtió el cuestionamiento a los actores tradicionales en una alternativa de poder.
UNA MAYORÍA REVERSIBLE.
Los resultados del balotaje permiten observar el alcance electoral de esa transformación:

El PSDB había incrementado su competitividad y estuvo cerca de ganar en 2014. Bolsonaro alcanzó en 2018 una mayoría más amplia que sus candidaturas anteriores dentro del período analizado. La comparación muestra una ampliación electoral, aunque no permite atribuirla exclusivamente al liderazgo: entre elecciones también cambian las condiciones económicas, la evaluación del gobierno y las preferencias políticas.
La derrota de 2022 confirmó que aquella mayoría podía perderse. Lula llevó a Alckmin como vicepresidente y recibió para el balotaje los apoyos de Simone Tebet, Ciro Gomes y dirigentes históricos del PSDB. Bolsonaro también buscó nuevos respaldos. Lula ganó con el 50,90%, frente al 49,10% de su adversario.
Predominar dentro de un espacio y ganar la Presidencia son desafíos diferentes.
La segunda vuelta exige atraer electores con motivaciones diversas, incluidos quienes acompañan a una candidatura principalmente para impedir la victoria de la otra.
FLÁVIO Y LA ADMINISTRACIÓN DE UNA HERENCIA.
Flávio enfrenta ese problema con una dificultad adicional: debe conservar una identidad política heredada y construir una aceptación propia.
El respaldo de Jair Bolsonaro aportó una referencia reconocible, pero no aseguró la adhesión inmediata de todos los actores conservadores. Reuters documentó reservas iniciales entre dirigentes de derecha y sectores del mercado, algunos de los cuales esperaban una candidatura de Tarcísio de Freitas.
Flávio buscó diferenciarse del estilo paterno sin abandonar su legado. La misma agencia de noticias lo describe como el menos combativo de los hermanos. Esa presentación puede reducir resistencias entre electores próximos a la derecha que rechazan determinadas formas de confrontación, aunque no demuestra una modificación equivalente del programa.
El esfuerzo encontró resistencias internas. CNN Brasil informó que sectores más ideológicos del bolsonarismo reclamaban un discurso más próximo a sus posiciones originales y cuestionaban la búsqueda de otros públicos.
La tensión es concreta: algunos rasgos que movilizan a los seguidores más comprometidos pueden generar rechazo entre los electores que una candidatura necesita incorporar.
La narrativa de campaña procuró conectar el antipetismo con preocupaciones cotidianas. La cobertura de UOL describió una orientación hacia seguridad pública, economía y costo de los alimentos, junto con la recomendación de evitar un tono agresivo. La búsqueda incluía a electores de menores ingresos, más allá del público bolsonarista habitual.
El rechazo al PT puede facilitar una convergencia, pero la disputa también requiere ofrecer expectativas sobre un gobierno propio.
LOS VOTOS Y EL FUTURO DE LOS ALIADOS.
Antes de la primera vuelta, CNN Brasil informó que Flávio apelaba al voto útil para reducir el apoyo a competidores de derecha y centroderecha. Su equipo consideraba que terminar por delante de Lula facilitaría las negociaciones con partidos del llamado centrão, fuerzas heterogéneas con fuerte peso parlamentario.
Esa estrategia vinculaba votos y alianzas: una candidatura fortalecida por las urnas podía resultar más atractiva para dirigentes que todavía mantenían distancia.
Uno de los elementos más singulares es la propuesta de eliminar la reelección presidencial consecutiva. Flávio figura como primer autor de la PEC 4/2026 presentada en el Senado. Según Folha, la campaña utiliza esa promesa para atraer a aliados con aspiraciones presidenciales para 2030, entre ellos Tarcísio.
Además de su contenido institucional, la propuesta tiene una lectura política: ofrece un horizonte de sucesión a dirigentes con proyectos propios. Puede contribuir a negociar apoyos, aunque su credibilidad y viabilidad siguen abiertas.
Tarcísio manifestó antes de la elección que ayudaría a Flávio a atraer votos fuera de São Paulo en un eventual balotaje. Ese respaldo puede aportar organización y visibilidad; su traducción electoral deberá comprobarse.
El recorrido brasileño muestra que el bolsonarismo desplazó a la centroderecha tradicional y conservó una amplia capacidad de movilización.
Su persistencia obliga a observar las identidades y demandas que representa, además del liderazgo personal de Jair Bolsonaro.
Flávio intenta administrar esa herencia y reducir sus costos. El balotaje pondrá a prueba si puede transformar la continuidad del bolsonarismo en una mayoría nacional, mientras Lula busca reconstruir la convergencia que lo llevó a la Presidencia en 2022.