
El crecimiento de las nuevas derechas transforma los vínculos entre posición social, identidad y voto. Los casos de Argentina y Brasil, junto con investigaciones europeas, muestran distintas formas de construir apoyos: convicciones ideológicas, rechazo a los partidos establecidos y expectativas de cambio. La clase sigue importando, pero ninguna fuerza tiene asegurada su representación.
Por Daniel D. Molina
Una candidatura puede prometer reducir el Estado y recibir el voto de personas que esperan mejores servicios públicos. Esa tensión apareció en una investigación de Rocío Annunziata y Enrique Peruzzotti¹ sobre quienes acompañaron a Javier Milei en las primarias de 2023.
En los grupos focales, el atractivo del dirigente y el rechazo a los actores políticos establecidos convivían con desacuerdos sobre la intervención estatal y el aborto. Algunos participantes reinterpretaron sus propuestas como caminos para mejorar servicios o corregir injusticias. El estudio no representa a todo el electorado, pero permite observar cómo personas que eligen una misma candidatura pueden atribuirle sentidos diferentes.
¹Annunziata R, Peruzzotti E. A Negative Radical Right Populism: The (Absence of a) Shared Identity Among Milei’s Supporters. Latin American Research Review. Published online 2026:1-19. doi:10.1017/lar.2026.10127
Ahí aparece una clave para analizar el crecimiento de las nuevas derechas.
Sus apoyos pueden combinar adhesión programática, confianza personal, rechazo a un adversario y expectativas de ruptura. El voto expresa una decisión común; los motivos pueden ser distintos.
Una coincidencia electoral no equivale necesariamente a una identidad política compartida.
Esto plantea un desafío para quienes ganan y para quienes pierden representación. Los primeros deben convertir apoyos diversos en una relación que pueda sostenerse. Los segundos necesitan comprender qué dejó de resultar creíble en su vínculo con una parte del electorado.
LA CLASE Y LA FORMA DE RECONOCERSE.
“Nuevas derechas” designa aquí distintas renovaciones de liderazgos, organizaciones y formas de movilización que desafían a los referentes tradicionales de ese espacio.
La novedad no reside necesariamente en sus ideas, sino en cómo las articulan y a quiénes consiguen convocar.
Sus proyectos son diferentes. El liberalismo económico, el nacionalismo, el conservadurismo cultural y las demandas de autoridad pueden adquirir pesos distintos. Tampoco el rechazo a los partidos establecidos alcanza, por sí solo, para definir una posición de derecha.
Argentina muestra que su crecimiento puede transformar primero la competencia dentro de ese espacio. En 2023, Milei desplazó a Juntos por el Cambio como principal alternativa presidencial al peronismo. Una investigación publicada por Cambridge University Press² vincula su ascenso con la articulación de un programa libertario, una crítica a las élites políticas y una crisis económica prolongada, además de apoyos previamente canalizados por la centroderecha.
² Vommaro G. Argentina: Milei’s Far-Right Project, Between Opportunism and Innovation. In: Rovira Kaltwasser C, Meléndez C, Tanscheit T, Zanotti L, eds. The Far Right in Latin America. Cambridge University Press; 2026:27-42.
Por eso, explicar su victoria exclusivamente como una pérdida de electores de izquierda dejaría fuera una parte del proceso. El peronismo, además, reúne tradiciones diferentes y no corresponde clasificarlo en bloque dentro de esa categoría.
La posición de clase sigue condicionando oportunidades y riesgos.
Comprende más que el ingreso: importan la ocupación, la relación con el empleo y la propiedad, y los recursos disponibles. Sin embargo, esas condiciones adquieren significado político mediante experiencias, identidades y propuestas.
La autopercepción forma parte de esa relación. Las personas interpretan su situación desde una trayectoria y un horizonte de expectativas: qué consideran haber conseguido, qué esperan alcanzar y qué temen perder.
También importa con quiénes se identifican y qué reconocimiento reclaman.
Esas dimensiones intervienen en la forma de experimentar las condiciones materiales.
Una investigación en siete países de Europa occidental encontró una separación entre la posición social y la identificación subjetiva en conflictos de clase y territoriales. El resultado cuestiona una correspondencia automática entre condición social e identidad, aunque no demuestra una erosión universal a lo largo del tiempo.
Los partidos también intervienen. Un estudio de Macarena Ares, basado en 27 democracias europeas, encontró que las diferencias de preferencias entre clases se acentúan en asuntos que las fuerzas políticas destacan y confrontan. Las divisiones sociales adquieren distinta intensidad según cómo se organiza la competencia³.
³Crulli M, Piccolino G. Culture Trumps Class and Place: How the Populist Radical Right Thrives on Sociocultural Conflicts in Western Europe. Government and Opposition. 2026;61:e31. doi:10.1017/gov.2026.10054
La representación requiere, entonces, una conexión: que las personas reconozcan en una propuesta una interpretación de su experiencia y una respuesta creíble.
CÓMO SE PIERDE UN VÍNCULO.
Alemania ofrece evidencia sobre una trayectoria concreta. Una investigación de Marc Debus y Richard Traunmüller⁴, que siguió a las mismas personas a lo largo del tiempo, encontró que antiguos apoyos socialdemócratas con ocupaciones obreras no estaban protegidos frente a la atracción de AfD. También identificó desplazamientos en los que la pérdida de identificación partidaria precedía al apoyo a la derecha radical.
El patrón apareció en 2017, cuando AfD había adoptado un perfil más claramente contrario a la inmigración, y no de igual manera en 2013. Esa diferencia sugiere que la propuesta partidaria interviene en los movimientos electorales. La pérdida de representación puede comenzar antes de que un elector elija otra fuerza: primero se debilita el vínculo y después aparece una alternativa. Mirar únicamente el traspaso inmediato entre partidos deja fuera esa trayectoria.
Tampoco todos los cambios siguen la misma dirección. Entre 2021 y 2025, AfD pasó del 10,4% al 20,8% de los segundos votos y el Partido Socialdemócrata cayó del 25,7% al 16,4%. Pero Die Linke creció del 4,9% al 8,8%. La expansión de la derecha radical convivió con una recuperación dentro de la izquierda.
Estos resultados no reconstruyen transferencias individuales. Sí impiden presentar el cambio como un desplazamiento uniforme de toda la sociedad hacia la derecha.
⁴Debus, M., Traunmüller, R. Former Social Democratic Partisanship, Working-Class Background, and Support for Right-Wing Populist Parties: A Research Note. Polit Vierteljahresschr 67, 195–216 (2026). https://doi.org/10.1007/s11615-025-00604-y
ANTICASTA Y BATALLA CULTURAL.
El discurso anticasta busca construir una frontera entre quienes sostienen la sociedad con su trabajo y quienes obtienen beneficios del poder.
Puede convocar a sectores con intereses económicos distintos mediante la identificación de un adversario común.
En Davos, en enero de 2024, Milei presentó al empresario exitoso como benefactor social y cuestionó la justicia social y los impuestos. Su exposición propone reunir a la actividad productiva frente al privilegio político y discute la legitimidad de la redistribución.
Esa es una operación discursiva. Su recepción debe estudiarse por separado, como muestra la heterogeneidad encontrada entre sus seguidores.
También conviene distinguir anticasta, antipolítica y crítica al Estado. La primera identifica privilegiados; la segunda cuestiona actores y mediaciones establecidas; la tercera puede dirigirse al tamaño estatal, a sus atribuciones o a su funcionamiento.
Rechazar a la dirigencia puede convivir con una demanda de mayor protección.
La batalla cultural interviene en el significado de esas demandas. Disputa qué se considera esfuerzo, libertad, igualdad o privilegio.
Al presentar los impuestos como una restricción injusta, por ejemplo, una candidatura cuestiona tanto sus efectos económicos como su justificación moral.
La disputa cultural puede modificar qué conflicto considera prioritario un elector y con quién se reconoce al tomar posición. De ese modo, interviene en la construcción de pertenencias y en la evaluación de las alternativas políticas.
Brasil muestra otra articulación. Un estudio sobre las presidenciales de 2018 encontró asociaciones fuertes del voto a Bolsonaro con el antipetismo y la identificación ideológica de derecha, junto con diferencias entre grupos religiosos. Aquí aparecen convicciones y pertenencias que no pueden reducirse al desencanto económico.
Las nuevas derechas pueden crecer mediante combinaciones diferentes: movilizar identidades conservadoras, desplazar a referentes tradicionales o reunir rechazos y expectativas de ruptura.
Estos mecanismos pueden coexistir, pero no deben confundirse.
Para las izquierdas y las fuerzas moderadas, reconstruir representación exige comprender qué vínculo se debilitó. La importancia de una política pública no exime de evaluar sus resultados. La intención de beneficiar a un sector no asegura su confianza. Y considerar equivocado un voto no explica por qué fue elegido.
Las nuevas derechas enfrentan su propia prueba al gobernar. El adversario común puede mantener unidos a sus apoyos, pero las decisiones distribuyen costos, beneficios y oportunidades. Allí se comprueba cuánto del acuerdo electoral puede convertirse en una representación duradera.
La clase social no desapareció de la política. Lo que ninguna fuerza tiene asegurado es el derecho a hablar en su nombre.