
La reconstrucción del PRO, su alejamiento de la alianza que durante años compartió con el radicalismo, la consolidación de La Libertad Avanza y las disputas todavía abiertas dentro del peronismo muestran que la política de Rauch ingresó en una nueva etapa de definiciones de las relaciones de poder.
Hace apenas unas semanas señalábamos en esta columna que el escenario local todavía presentaba demasiadas incógnitas como para proyectar con seriedad la elección de 2027. Mientras las principales fuerzas nacionales y provinciales continuaran resolviendo acuerdos, liderazgos y estrategias, cualquier lectura local necesariamente sería parcial.
También advertíamos que el PRO era el actor cuya conducta resultaba más difícil de identificar. Mientras el oficialismo apostaba principalmente a la gestión, Fuerza Patria (FP) fortalecía su presencia territorial y La Libertad Avanza (LLA) intentaba instalar una agenda propia, el PRO permanecía prácticamente fuera de la escena pública.
El silencio terminó.
Sergio Canales Dobal confirmó que trabaja en la reconstrucción del partido en Rauch y anticipó la intención de darle contenido local a una alianza con La Libertad Avanza. También aclaró que no se trataría de una fusión ni de la absorción de una fuerza por otra, sino de una construcción programática entre partidos que conservarían sus identidades.
La definición no resuelve el escenario de 2027. Ni siquiera permite afirmar que esa alianza ya exista en términos políticos, territoriales y electorales. Pero despeja una incógnita y confirma que el proceso de reordenamiento comenzó a expresarse también en Rauch.
Reducir el análisis a la reaparición del PRO, sin embargo, sería quedarse en la superficie. El movimiento involucra al conjunto del sistema político local.

NO SOLO APARECIÓ LA LIBERTAD AVANZA.
La irrupción de LLA modificó una estructura de competencia que durante años había estado organizada alrededor de dos grandes polos: un oficialismo conducido por el radicalismo, con participación de otros sectores no peronistas, y una oposición encabezada por el peronismo.
La fuerza libertaria introdujo una tercera oferta con identidad propia, disputó una parte del voto no peronista y alteró los incentivos de las fuerzas tradicionales.
Pero ese no fue el único cambio.
El PRO dejó de integrar la alianza que durante años había compartido con la Unión Cívica Radical. No sólo apareció una fuerza nueva: también comenzó a desarmarse la coalición que había organizado buena parte del voto no peronista durante más de una década.
Lo que antes competía dentro de una misma oferta pasó a distribuirse entre espacios diferentes.
El proceso ya dejó consecuencias visibles. En las elecciones locales de 2025, según los datos procesados por el Observatorio Político de Rauch, Fuerza Patria reunió el 49,53% de los votos afirmativos; Somos Buenos Aires, el 38,02%; y La Libertad Avanza, el 12,43%.

Los porcentajes no pueden trasladarse mecánicamente de una elección a otra. Cada competencia tiene sus candidatos, su contexto y sus niveles de participación. Pero muestran algo difícil de ignorar: la fragmentación del espacio no peronista modificó la relación de fuerzas y configuró un escenario distinto del que había predominado en los años anteriores.

Por eso, la oferta que conocieron los electores en 2023 difícilmente vuelva a repetirse en los mismos términos.
La eventual convergencia entre el PRO y LLA aparece como una respuesta a esa nueva realidad. Pero anunciar una alianza es mucho más sencillo que construirla.
LA DISPUTA POR LA CONDUCCIÓN Y EL LUGAR DE LOS FUNCIONARIOS DEL PRO.
Dos partidos pueden compartir una orientación general y, aun así, mantener diferencias profundas sobre liderazgos, candidaturas y distribución del poder.
La primera pregunta es inevitable: ¿quién conduciría una eventual alianza entre el PRO y La Libertad Avanza en Rauch?
¿Se tratará de una construcción entre socios con una capacidad de incidencia relativamente equilibrada? ¿O terminará predominando el espacio que hoy exhibe mayor crecimiento electoral, centralidad nacional y capacidad de movilización?
Las alianzas no sólo ordenan listas. También distribuyen poder.
La Libertad Avanza aporta una marca consolidada en el plano nacional, un electorado propio y una organización local que busca intervenir en la agenda pública. El PRO intenta reconstruir una estructura que, según reconoció su nuevo referente, quedó debilitada después del alejamiento de Roberto Papponetti de la actividad política.
Su tarea inmediata deberá ser reagrupar dirigentes, militantes y adherentes alrededor de una propuesta reconocible.
La eventual alianza deberá articular esas capacidades diferentes y resolver liderazgos, mecanismos de decisión, fiscalización, presencia territorial y una narrativa común. No alcanza con compartir una orientación ideológica.
Una coalición se vuelve competitiva cuando consigue actuar como una organización y no simplemente como una suma de dirigentes.
Pero la reorganización también abre una discusión sensible dentro del oficialismo municipal.
Durante años, dirigentes provenientes del PRO compartieron un mismo proyecto electoral y político con la Unión Cívica Radical. Algunos continúan formando parte del oficialismo, ejercen responsabilidades institucionales o mantienen vínculos construidos durante aquella experiencia de coalición.
¿Qué ocurrirá con ellos si el PRO consolida formalmente una alianza local con La Libertad Avanza?
¿Continuarán dentro de la coalición encabezada por el radicalismo? ¿Acompañarán el nuevo rumbo partidario? ¿Intentarán sostener una posición intermedia? ¿O priorizarán su pertenencia al oficialismo municipal por encima de una identidad partidaria que pudo haberse debilitado con el tiempo?
No existe todavía una respuesta concluyente. Tampoco corresponde suponer que todos deberán adoptar la misma decisión.
La política local tiene tiempos y lógicas propias. Las alianzas nacionales no siempre se trasladan automáticamente a los municipios. Las relaciones personales, los compromisos de gestión y las experiencias compartidas pueden sostener acuerdos que ya no existen en otros niveles.
Pero la tensión está planteada.
Si el PRO pretende reconstruirse como actor autónomo y participar de una nueva alianza, deberá definir quiénes lo representan. Y quienes construyeron parte de su trayectoria dentro del partido tendrán que resolver qué lugar ocupan frente a esa reorganización.
No se trata sólo de decisiones individuales. Un eventual reacomodamiento también podría afectar los equilibrios internos del oficialismo y su estrategia hacia 2027.

UN ESCENARIO DISTINTO PARA EL RADICALISMO.
La Unión Cívica Radical también enfrenta condiciones distintas.
Durante los últimos años consiguió sostener una posición central dentro del sistema político de Rauch. La gestión municipal, la organización territorial, la identidad partidaria y la continuidad electoral fueron activos importantes para conservar esa primacía.
Pero ninguna fuerza gobierna en el vacío.
Si el PRO y La Libertad Avanza construyen una propuesta conjunta, el radicalismo deberá competir contra actores que anteriormente formaron parte de su alianza o disputan una franja similar del electorado.
¿Profundizará un perfil propio, asentado en la gestión y en la tradición radical? ¿Buscará ampliar su base dentro de Somos Buenos Aires? ¿Intentará representar a sectores moderados que no se identifiquen con la polarización entre el peronismo y el espacio libertario? ¿O promoverá una construcción local con mayor autonomía respecto de las decisiones nacionales?
Las respuestas dependerán de lo que ocurra en los niveles superiores del partido, pero también de la capacidad del oficialismo para sostener su centralidad local.
La gestión seguirá siendo su principal activo. Sin embargo, las elecciones no dependen únicamente de la evaluación de un gobierno. También están condicionadas por la forma en que se organiza la oposición.
Un oficialismo puede conservar apoyo y enfrentar mayores dificultades si sus adversarios consiguen coordinarse. Del mismo modo, puede beneficiarse cuando la oposición distribuye sus votos entre varias listas.
La reorganización del PRO, por lo tanto, modifica los cálculos estratégicos del radicalismo y del conjunto del sistema político local.
EL PERONISMO TAMBIÉN DEBE RESOLVER SUS DISPUTAS.
Del otro lado tampoco existen definiciones concluidas.
El peronismo atraviesa su propio proceso de discusión sobre liderazgos, conducción, estrategia y distribución del poder. Esas tensiones son visibles en el orden nacional, tienen una expresión especialmente intensa en la provincia de Buenos Aires y pueden trasladarse a los municipios.
Rauch no permanece ajeno a esa dinámica.
Fuerza Patria mostró durante los últimos meses una estrategia orientada al fortalecimiento territorial, las recorridas barriales y la articulación entre dirigentes, concejales y consejeros escolares. El resultado de 2025 confirmó, además, que conserva un caudal electoral significativo.
Pero una buena elección no elimina las disputas internas.
La posibilidad de construir una oferta unificada dependerá de que sus distintos sectores alcancen acuerdos, acepten reglas comunes y resuelvan cómo distribuir los principales lugares de representación.
Si esas diferencias consiguen canalizarse dentro de una propuesta compartida, un peronismo unido podrá concentrar su electorado, reducir los costos de la competencia interna y presentarse como una alternativa cohesionada.
Si los acuerdos no prosperan, las disputas de poder podrían traducirse en candidaturas enfrentadas, dificultades de coordinación territorial o incluso ofertas electorales diferenciadas. Cualquiera de esas posibilidades volvería a modificar la estructura de competencia.
La fragmentación no es un problema exclusivo del espacio no peronista.
La unidad no garantiza una victoria. Pero la ruptura tampoco es neutral.

MÁS QUE CANDIDATURAS.
Las elecciones no son sólo una competencia entre candidatos. Son también una competencia entre coaliciones, organizaciones, identidades y estrategias.
Lo que hoy comienza a definirse es cómo se estructurará la competencia política de Rauch durante los próximos meses.
Cada fuerza debe resolver cómo preservar su electorado, ampliar su base de apoyo, evitar la dispersión de votos y construir una mayoría capaz de gobernar.
Por eso, las conversaciones sobre alianzas no son una cuestión secundaria. En ocasiones resultan incluso más determinantes que las candidaturas.
Un dirigente puede volverse competitivo o perder competitividad según la coalición que consiga construir a su alrededor. Un partido puede crecer en votos y quedar lejos del gobierno si permanece aislado. También puede ocurrir lo contrario: una alianza bien organizada puede multiplicar la capacidad electoral de actores que por separado tendrían un alcance limitado.
Las alianzas determinan qué opciones llegan a las urnas. Y la forma de esa oferta condiciona las decisiones de los votantes.
LA INFLUENCIA DE PROVINCIA Y NACIÓN.
La política de Rauch no se desarrolla de manera aislada.
Forma parte de un sistema multinivel en el que las decisiones nacionales y provinciales generan incentivos, oportunidades y restricciones para los actores locales.
El acercamiento entre el PRO y La Libertad Avanza es un ejemplo evidente. Una estrategia impulsada en los niveles superiores comienza a trasladarse a los municipios. Sin embargo, su aplicación concreta dependerá de las historias políticas, las relaciones personales y los liderazgos de cada distrito.
Lo mismo ocurre con el peronismo. Las disputas por la conducción nacional, el papel del gobernador Axel Kicillof y la organización del espacio bonaerense pueden influir sobre las alianzas locales.
También la Unión Cívica Radical deberá resolver discusiones de identidad, estrategia y política de acuerdos que exceden las fronteras de Rauch.
Influencia no significa obediencia automática.
Los dirigentes locales conservan márgenes de autonomía. Pueden adaptar, resistir o reinterpretar las decisiones de sus conducciones. Las coaliciones que funcionan en un municipio pueden resultar inviables en otro. Y las rivalidades locales pueden sobrevivir aun cuando los partidos acuerden competir juntos en los niveles superiores.
Por eso, una definición nacional es apenas el comienzo. Después viene el trabajo más difícil: convertirla en una construcción local coherente.
EL TABLERO SIGUE INCOMPLETO.
Sería un error reemplazar la incertidumbre anterior por una certeza apresurada.
La política argentina demostró en los últimos años una enorme capacidad para producir nuevas ofertas, fracturas inesperadas y reacomodamientos acelerados.
De aquí a 2027 pueden aparecer nuevos actores, desprendimientos de fuerzas existentes, candidaturas por fuera de las estructuras tradicionales o acuerdos que hoy todavía no forman parte de la conversación pública.
Incluso las alianzas que parecen más probables deberán superar negociaciones y tensiones antes de consolidarse.
El PRO anunció una dirección política, pero todavía debe reconstruir una organización. La Libertad Avanza deberá resolver cómo se relaciona con su eventual socio. El radicalismo tendrá que adaptar su estrategia a una oferta no peronista diferente. Y el peronismo deberá demostrar si puede transformar su caudal electoral en una construcción unificada.
El tablero empezó a moverse. Algunas piezas comienzan a encontrar una posición. Pero la partida todavía está lejos de estar definida.
UNA NUEVA ETAPA.
La política local ingresó en una fase diferente.
Ya no predominan el silencio ni la incertidumbre absoluta. Los principales espacios comenzaron a mostrar algunas de sus intenciones y, con ellas, empiezan a delinearse los contornos de la competencia que desembocará en 2027.
Cada definición, sin embargo, abre nuevas preguntas.
Algunos dirigentes deberán tomar decisiones incómodas. Las alianzas podrán consolidarse o fracasar. Las tensiones internas podrían resolverse o trasladarse a las urnas. Y los movimientos de cada actor obligarán a los demás a recalcular su estrategia.
Todavía falta. Pero los procesos políticos importantes comienzan bastante antes de que se impriman las boletas.
Lo que hoy está en discusión es la arquitectura de la competencia política de los próximos meses.
Las elecciones deciden quién gobierna. Los procesos previos explican por qué ese resultado fue posible.
Analizar políticamente este contexto, consiste en comprender cómo se mueven las piezas mientras todavía se está acomodando el tablero.
Y es precisamente en ese tiempo -el de las alianzas, los reacomodamientos y las disputas por el poder- donde hoy se encuentra la política de Rauch.