
Cuando un trabajador vota a la derecha, ciertos discursos progresistas encuentran un error que corregir antes que una decisión que comprender. Sobre intereses de clase, falsas dicotomías y la pretensión de convertir una historia de representación en una obligación electoral.
En esta oportunidad, nos apartamos por un momento de nuestro registro habitual para compartir una opinión, quizás incómoda, pero no por ello menos necesaria. Dejamos en pausa los datos, los métodos y las proyecciones estadísticas para mirar una escena conocida de la vida política: esa en la que, antes de preguntarse por qué alguien votó distinto, se decide que votó mal.
El trabajador entró al cuarto oscuro. Salió unos minutos después, depositó el sobre y volvió a su casa. No hubo transformación monstruosa, relámpagos ni música de suspenso. El lunes seguía teniendo el mismo trabajo, las mismas cuentas y la misma preocupación por llegar a fin de mes. El escándalo ocurrió en otro lugar: había votado a la derecha.
Se abrió entonces el expediente. ¿Falsa conciencia? ¿Manipulación? ¿Ingratitud? En el tribunal del voto correcto ya estaban redactadas las conclusiones. Faltaba escuchar al acusado, pero tampoco parecía indispensable.
La escena es imaginaria. La actitud que retrata resulta reconocible. Aparece cuando alguien considera que un trabajador, un desempleado o una persona que recibe asistencia estatal debería tener una preferencia electoral determinada. Su situación social habría resuelto de antemano lo que todavía debe decidir en las urnas.
En la Argentina, esa expectativa suele tomar una forma concreta: debería votar al peronismo. Hay razones históricas para comprenderla. Los derechos laborales y sociales, la organización sindical y la incorporación política de sectores populares construyeron vínculos duraderos. Pero de esa historia no se desprende una obligación electoral perpetua. Haber representado a alguien no garantiza seguir representándolo.
Un derecho no debería traer una boleta abrochada ¿O sí?
Conviene precisar de qué hablamos. El progresismo reúne sensibilidades que promueven la ampliación de derechos, la reducción de desigualdades y la revisión de jerarquías consideradas injustas. Conviven allí distintas tradiciones y formas de entender el cambio social. El peronismo tampoco es una unidad doctrinaria, ni todo peronismo es progresista.
La crítica apunta a una mirada que puede aparecer en esos espacios: la certeza de conocer los intereses del otro mejor que el propio interesado.
Esa certeza parte de una observación atendible.
LAS CONDICIONES MATERIALES IMPORTAN.
El trabajo, la propiedad, los ingresos y la relación con el Estado distribuyen oportunidades y riesgos. Influyen en lo que esperamos de la política.
EL PROBLEMA COMIENZA CUANDO SE PRETENDE DEDUCIR EL VOTO DEL RECIBO DE SUELDO.
En una lectura economicista, cada posición social tendría un interés evidente y cada interés, una representación política adecuada. El trabajador debería reconocer al partido que lo representa. Si no lo hace, habría que descubrir qué le impide advertirlo. La conclusión llega antes que la pregunta.
En ciertas lecturas, la falsa conciencia permite explicar por qué las personas pueden desconocer relaciones de dominación que atraviesan su propia experiencia. El problema es convertir esa posibilidad en un diagnóstico automático del voto ajeno. Engels empleó la expresión al analizar cómo el pensamiento ideológico desconoce las fuerzas que lo impulsan¹. Aplicarla sin más a un trabajador que vota a la derecha supone dar por demostrado aquello que habría que investigar.
La posición de clase puede ayudar a explicar una elección. No alcanza para dictar su significado.
La vida de un trabajador tampoco se agota en su empleo. Sus vínculos familiares, sus pertenencias culturales, sus creencias y sus aspiraciones también intervienen en lo que espera de la política. Tiene recuerdos, temores y una idea de quién es y de quién quiere llegar a ser. Puede priorizar el salario o la inflación, la seguridad o la educación de sus hijos. Puede valorar una política social y rechazar al gobierno que la administra. Puede defender un derecho y desconfiar de quienes se presentan como sus únicos custodios.
Esto no vuelve infalible al elector. Puede creer una mentira, subestimar un riesgo o apoyar medidas que después empeoren su situación. Reconocerle razones permite discutirlas, contrastarlas y evaluar sus consecuencias.
Una cosa es mostrar que determinada política perjudica a quienes la votaron. Otra es concluir que, por su ocupación o sus ingresos, esas personas carecían de motivos para elegirla.
Tampoco hace falta adoptar una teoría marxista para ejercer esa tutela. Hay izquierdas progresistas que esperan que la posición de clase venga acompañada de una preferencia electoral. Hay peronismos progresistas que convierten una historia de conquistas en una obligación de lealtad.
Sin embargo, la tutela tampoco es patrimonio progresista. Desde la derecha aparece cuando se descalifica como dependiente o incapaz de comprender la economía a quien reclama protección estatal.
Las tradiciones y sus propuestas difieren. La semejanza está en el gesto: desautorizar al elector cuando se aparta de lo previsto.
Para unos, está manipulado. Para otros, vive del Estado. Puede ser ingrato, atrasado o incapaz de comprender las ventajas de la oferta que le presentan.
Cada uno tiene su elector ideal.
El inconveniente aparece cuando llega el elector real.
En cierta sombrerería política, los modelos nunca fallan. Si aprietan, si incomodan o si el cliente ya no quiere usarlos, la explicación está resuelta: el problema es su cabeza. El fabricante conserva los moldes y manda a corregir a la clientela.
La sombrerería tiene sucursales en distintas veredas.
Una fuerza política puede sostener sus convicciones aun cuando resulten impopulares. Hay posiciones que merecen defenderse después de una derrota. Pero esa defensa exige argumentos y disposición a revisar el diagnóstico.
Declarar defectuosa la cabeza de quien discrepa apenas exige soberbia.
Los medios ofrecen, además, un acusado siempre disponible. Si el resultado decepciona, la explicación llega servida: les hicieron creer, les instalaron, les vendieron. El elector aparece como un recipiente donde otros depositan opiniones. Queda poco espacio para preguntarse qué experiencias tuvo, qué promesas vio incumplidas o qué encontró en la oferta adversaria.
Los medios seleccionan temas, encuadran conflictos y pueden desinformar. Investigar esa influencia exige mostrar cómo opera y qué efectos produce. Invocarla como explicación suficiente de una derrota protege a la dirigencia de otras preguntas: ¿qué hizo mal?, ¿a quién dejó de escuchar?, ¿por qué sus argumentos perdieron credibilidad?Incluso una campaña engañosa puede encontrar terreno fértil en un desencanto que la política ayudó a producir. Un mensaje sobre el abandono puede resultar convincente para quien lleva años sintiéndose abandonado. La denuncia de privilegios puede interpelar a quien percibe que los sacrificios siempre recaen sobre los mismos. Una promesa de ruptura puede atraer aunque sus consecuencias sean inciertas, porque la continuidad tampoco ofrece un horizonte aceptable.
Las derechas pueden aprovechar esas experiencias, seleccionar culpables y ofrecer salidas que merecen ser discutidas. Para entender su atractivo hay que examinar también las fallas de quienes perdieron capacidad de representación.
A veces, denunciar que otros fabrican el descontento permite evitar la pregunta por cuánto se contribuyó a generarlo.
La lógica podría resumirse en una fórmula: cuando la gente está mal, vota bien; cuando está bien, vota mal. ¿Qué criterio define el “bien”? Si la respuesta es que vote a nuestro espacio, el razonamiento queda cerrado sobre sí mismo. La adhesión demuestra conciencia; el rechazo demuestra confusión. Ningún resultado obliga a aprender.
De allí nacen falsas dicotomías. Defender el Estado se confunde con defender cada una de sus prácticas. Cuestionar su funcionamiento parece un ataque a los derechos que garantiza. Haber recibido una prestación se transforma en una deuda de gratitud. El recuerdo de una conquista sirve para clausurar la discusión sobre el presente.
Pero alguien puede necesitar al Estado y estar harto de cómo lo trata. Puede valorar la escuela pública y reclamar que funcione mejor. Puede recibir asistencia y desear un trabajo que le permita prescindir de ella. Puede reconocer una conquista histórica y considerar agotada la oferta política que invoca su nombre.
Nada de eso demuestra que la alternativa elegida vaya a responder a sus demandas. Sí muestra que hay demandas que una clasificación apresurada puede dejar fuera de la conversación.
La representación histórica merece memoria. La representación actual necesita renovar su vínculo.
Ese vínculo se construye con propuestas y resultados, pero también con confianza, identificación y esperanza. Importa sentirse escuchado, reconocerse en una voz y creer que alguien comprende la vida que uno lleva. El enojo, el miedo o el orgullo también movilizan: expresan experiencias y formas de interpretar el mundo que la política puede recoger, amplificar y orientar.
Una fuerza puede conservar argumentos y perder la confianza de quienes antes se reconocían en ella. Otra puede despertar expectativas sin ofrecer respuestas capaces de cumplirlas. Comprender esas adhesiones exige mirar qué se promete, qué se siente y qué experiencias vuelven creíble la promesa.
Si una fuerza quiere recuperar a quienes dejaron de votarla, deberá ofrecer algo más que una explicación de su extravío. Necesita preguntarse qué dejó de expresar, qué experiencias desatendió y qué futuro puede proponer.
La autocrítica empieza cuando la derrota deja de ser exclusivamente un defecto ajeno.
El trabajador de nuestra escena volvió a su casa. Tenía cuentas que pagar y expectativas que, acertadas o no, había puesto en otra parte.
La política puede discutir esa elección, mostrar sus riesgos y construir una alternativa. Pero antes de tomarles nuevamente las medidas a las cabezas, convendría revisar los sombreros.
Lic. Daniel D. Molina