Un recorrido por la figura entrañable del médico de familia en Rauch, escrita por el doctor e historiador Nini Barili, que rescata una época donde la medicina era cercanía, vocación y presencia constante en la vida de la comunidad.

El “Médico de familia” o “Médico de Cabecera” fue un integrante más de la familia. Era el médico generalista, el de la atención primaria, el primer eslabón de la asistencia sanitaria. Desde los comienzos, la sociedad rauchense, y después de la fundación del Hospital Municipal las guardias médicas no existían y los médicos realizaban las atenciones rutinarias y de urgencias, en su consultorio, en el domicilio del enfermo u hoteles y pensiones. De hecho, muchos partos, y aún con el hospital funcionando con parteras profesionales, se realizaban en las casas de familia. La costumbre de asistir a la institución sanitaria llevó tiempo y concientización colectiva.
Cuando el médico era llamado y acudía a la casa de un enfermo, los familiares acompañaban al médico a la habitación donde estaba el paciente. Los familiares se colocaban en los pies de la cama, en el piecero, y el médico en la cabecera para hablar con el paciente. La imagen del médico en la cabecera se contrapone a la figura de la muerte que según las creencias populares se sitúa a los pies del enfermo. El médico, en cambio, presenta la esperanza y la lucha por la vida.
Hace algún tiempo recordó el Dr. Enrique A. Rodríguez una anécdota del Dr. Hamleto Branzi. El facultativo se dirige a pie rumbo a la estación de ferrocarril para abordar el tren con destino a Buenos Aires. En el trayecto pasa por la casa de un joven médico recién llegado a Rauch, el Dr. Roberto Dante Mora. A Branzi le llamó la atención de tener la puerta entrada de su casa cerrada. Al tiempo, cuando se encontró con el Dr. Roberto Dante Mora le brindó un consejo provechoso de viejo colega: “la puerta de un médico nunca debe permanecer cerrada”. La frase es una expresión simbólica de accesibilidad y disponibilidad. Significa disponibilidad absoluta, vocación de servicio. El médico debe estar dispuesto para quien necesita atención, simbolizando la vocación de ayuda sin restricciones de horarios.
Dr. Florencio Escardó mencionaba que para el sentimiento público “el médico era mucho más de lo que en realidad era, donde la comunidad buscaba genéricamente seguridad y apoyo”. (1) El médico era altamente respetado, un integrante más de la familia. Su palabra o concejo era palabra sagrada y considerada, la gente resaltaba su presencia con educación y cariño. Ejercía como confesor o asesor en algunas ocasiones debido a su alto grado de cercanía y respeto. No solo conocía al paciente sino a su entorno, ejercía un modelo biopsicosocial. No tenía horario y distancia para asistir a los pacientes. Realizaba a diario varios domicilios a pacientes que no podían desplazarse a su consultorio privado, se encargaba de “hacer la ronda”. Podía pasar horas al lado del paciente para observar la evolución, un trabajo “a pie de cama”. Se recuerda a muchos de ellos, como el Dr. Juan Miguel Molinuevo, de noche acostarse a dormir vestido por si era requerido de urgencia o de una atención inmediata, las cuales no eran pocas. No importaba el nivel social del paciente, el médico constituía con el enfermo una unidad existencial. El Dr. Oscar Mario Dumón recordó al Dr. Juan Carlos Felipe de Ortúzar al cumplirse el décimo aniversario de su fallecimiento con estas palabras: “Todos hemos sido testigos de cómo relegaba su propia dolencia al sufrir de los demás, a veces, hasta límites temerarios. No en vano despertó el cariño que le profesaban sus pacientes, que se sentían desamparados ante su ausencia, esperando ansiosos su pronto regreso. Es que veían el médico y el amigo. Su continuo brindarse lo hizo acreedor de esta adhesión fervorosa”. (2)
A la despedida de soltero del Dr. Salvador Mazza, es invitado su amigo el Dr. Felipe Hernández Otaño, médico en Rauch y ex condiscípulo. Al no poder concurrir, el Dr. Felipe Hernández Otaño le escribe una carta el 12 de febrero de 1914 reflejando, en ella, la responsabilidad y compromiso asistencial, el deber ético ante los enfermos y la sociedad: “Estimado colega y amigo. Lamento sinceramente no haber podido asistir a la fiesta que con motivo de su despedida de soltero le tributaron su legión de amigos. Usted conoce bien la vida de estos pueblos y lo difícil que es abandonar el consultorio, por la irresponsabilidad en que se incurre. A pesar de todo, desde este lóbrego y arrumbado terruño, me adhiero de todo corazón a la fiesta y le transmito mis mejores votos de cordialidad y felicidad en la nueva vida que inicia. Mi afectuoso saludo”. (3)
Una característica del “Médico de familia” era la cercanía y la atención a todas las patologías en todas las formas de presentación del paciente sin importar la edad, “desde la cuna hasta la tumba”. En la década del 20 hasta el 50 todos los médicos operaban, salvo el Dr. Pedro Aramburu que tenía problemas de visión. Los médicos se movilizaban en coches a tracción a sangre y en automóviles principalmente. El Dr. Ricardo Liceaga instalado en el pueblo en 1923 realizaba, en sus comienzos, los domicilios a caballo. No había tanto avance tecnológico como existe hoy en día (radiografías, ecografías, TAC, RNM, laboratorio, etc.). Las calles al hospital eran de tierra y en los días de lluvia se volvían intransitables. Recordaba el Dr. Juan Miguel Molinuevo: “todo era barro, para ir al hospital era todo barro. Pero éramos jóvenes. Yo me acuerdo de una vez cuando el Dr. Aramburu era Intendente y yo era el Director del Hospital y él pensó en hacer un camino afirmado que llegara hasta el hospital. Se opusieron todos los vecinos porque no querían gastar. Entonces vino una intervención que no les preguntó si les gustaba o no les gustaba”. (4)

Comentaba, una vez, el Dr. Juan Miguel Molinuevo (p) que el colega, Dr. Hamleto Branzi, le dejó a cargo un paciente delicado de salud porque debía viajar a Buenos Aires. A la madrugada, el Dr. Molinuevo, sintió golpear el postigo de la ventana de la casa y al abrir, asombrado, ve la figura de Branzi parado y preguntando por la salud del paciente encargado. La sorpresa y respuesta de Molinuevo fue tajante: – ¡Déjate de preocupar que todo está bien! ¡Mira la hora que es! Eran otros tiempos, demás está decir que el paciente no era un ciudadano adinerado sino por el contrario, un pobre de solemnidad como se describía, en aquellos años, a los ciudadanos carenciados.
Paul Le Gendre decía “si el médico acepta la moral profesional del comerciante ya no es discípulo de Esculapio, su Dios no es Apolo sino el equívoco Mercurio”. En aquellos años los honorarios médicos podían ser abonados en efectivos o con gallinas, huevos, lechones, hacienda o un pedazo de campo o solamente con las “gracias”. Había en aquellos años dos frases populares entre los médicos y pacientes: “Algún rico va a pagar por usted” y “el mejor agradecimiento son los 10 pesos, che”.
La figura del médico nunca pasó desapercibida y el hecho de ser el médico parte de la familia llevó a muchas de ellas a tener siempre presente su figura y no fue casual encontrar, en los domicilios rauchenses, la foto de algunos de ellos en un portarretrato y en un lugar importante de la casa como el comedor.
Es necesario recordar el fallecimiento del Dr. Hamleto L. Branzi, el dolor y el reconocimiento de la gente al facultativo. Fue uno de los más imponentes sepelios utilizando carrozas, se realizó el 20 de marzo de 1961, tras sufrir un grave accidente en un auto arrollado por un tren. En el trágico accidente además del doctor murieron su esposa Elisa Palacios de Branzi y su hija, Ofelia E. Branzi. Los restos mortales fueron trasladados en dos carrozas fúnebres a la necrópolis local, en uno el reconocido médico y en el otro, madre e hija, en la planchada donde iban las palmas y coronas. Las calles se llenaron de gente por el dolor colectivo que enlutaba al pueblo de Rauch. Un avión Piper del Aeroclub Tandil ocasionalmente en Rauch, manejado por Alfredo Antonio Rebolo, arrojaba flores de rosas desde el aire al paso del cortejo por la Avda. Belgrano.
Otros sepelios grandiosos y un emotivo último adiós de la sociedad fueron los del Dr. Pedro Aramburu, Dr. Juan Carlos F. de Ortúzar, Dr. Héctor Otegui y Dr. Hernán Saúl Esponda.
Los tiempos fueron cambiando, el 10 de octubre de 1967 se promulgó la Ordenanza N°116 de creación de la Carrera Médica Hospitalaria. Comenzaron a implementarse las guardias médicas activas, pasivas y rotativas entre los profesionales. Además, la aparición de las especialidades en el ámbito hospitalario motivó la sectorización de la asistencia sanitaria.
De esta manera, aún a día de hoy, poquísimos médicos realizan atención a domicilio.
Notas
- Dr. Florencio Escardó. Moral Para Médicos (1952).
- Dr. Oscar Mario Dumón. Improntas de Vida, 2011.
- Jobino Pedro Sierra Iglesias. Salvador Mazza. San Salvador de Jujuy 1990.
- Semanario “Mi Ciudad”. 2 de marzo de 1992. Rauch.
Fotos
- Consultorio donde se aprecia el escritorio y sillón del Dr. Juan Miguel Molinuevo (p) y vitrina del Dr. Hamleto Branzi.
- Antiguos maletines de los doctores Dr. Felipe Hernández Otaño (izquierda) y Dr. Hamleto Branzi (derecha).
- Portarretrato Dr. Juan Miguel Molinuevo (h).
- Portarretrato Dr. Hernán S. Esponda.
- Portarretrato Dr. Justo A. Pizzorno.
- Foto Dr. Juan Carlos F. de Ortúzar.
- Receta Dr. Miguel Romero.



IMAGENES Y TEXTO PUBLICADO EN LA CUENTA DE FACEBOOK DEL DOCTOR NINO BARILLI