Las intensas lluvias de las últimas horas —más de 150 milímetros en Rauch, 230 en Azul y 150 en Olavarría— no sólo preocupan por su magnitud. También remueven algo más profundo: los recuerdos. Y con ellos, una sensación que atraviesa el tiempo: la angustia. Porque para muchos vecinos, este temporal que atravesó la región entre ayer y hoy no es solo agua que cae, sino una emoción que vuelve.

IMAGEN DE LA ROTONDA DICANDILO EN LA INUNDACIÓN DEL 80
Este domingo gris, está cargado de la lluvia que pasó y de las historias que aparecen casi sin querer de aquel otoño de 1980 que marcó a toda la provincia de Buenos Aires.
Pasó mucha agua bajo el puente desde entonces, pero hay vivencias que no se borran. Se transmiten en las charlas de familia, entre las vecinas y vecinos mientras limpiamos la vereda por estas horas,en los relatos de quienes lo vivieron, en esas pausas donde la voz se quiebra porque recordar no siempre es fácil.
Entre el 27 de abril y el 1° de mayo de aquel año, la lluvia no dio tregua. Lo que comenzó como un temporal más se transformó en algo distinto: persistente, pesado, interminable. En Rauch, los registros fueron similar donde en el resto de la región superaron los 360 milímetros en apenas cuatro días.
La ciudad quedó prácticamente incomunicada, sin luz y junto con el agua, crecía la preocupación… y también la angustia. Muchos vecinos no querían abandonar sus casas, aún con el agua avanzando. Aferrarse a lo propio, a lo construido con esfuerzo, era también una forma de resistencia frente a la incertidumbre.
Las calles desaparecieron, los accesos se volvieron imposibles y la vida cotidiana quedó suspendida. En la zona rural, el aislamiento fue total. Familias enteras quedaron rodeadas de agua, sin poder salir ni recibir ayuda de inmediato.
Pero en medio de ese panorama, también hubo algo que quedó grabado para siempre: la solidaridad.
Los verdaderos héroes de aquellos días-como ahora- fueron los bomberos, los empleados municipales, la policía, el personal del hospital municipal… y los propios vecinos. Hombres y mujeres que, sin mirar el cansancio ni el riesgo, salieron a ayudar. Que evacuaron familias, que asistieron como pudieron, que tendieron una mano cuando más se necesitaba.
La comunicación era precaria, la radio fue fundamental en esos tiempos (donde no existía el celular, ni el internet )y donde la espera siempre con la mirada puesta en el cielo— se transformó en rutina. Una rutina cargada de incertidumbre, de miedo… y de una angustia que todavía hoy se recuerda.
Quienes lo vivieron lo cuentan con imágenes que no se borran: muebles levantados a las apuradas, el agua entrando sin permiso, animales buscando refugio, y esa sensación de no saber cuándo iba a terminar. Porque no era solo la lluvia: era el agua que se quedaba… y el alma en vilo.
La cronología quedó marcada a fuego. El domingo 27 comenzó a llover. El lunes 28 creció la preocupación. Para el martes 29 ya no había dudas: no era un temporal cualquiera. Y así, hasta el 1° de mayo, toda la región quedó condicionada por el agua… y por esa angustia que acompañaba cada hora.
Hoy, más de 46 años después, los números vuelven a ser altos. El contexto cambió, sí. Pero hay algo que se repite: cuando cae tanta lluvia en tan poco tiempo, la memoria se activa… y con ella, las emociones.
Porque en Rauch, como en toda la zona, la lluvia nunca es solo un dato meteorológico. Es también una historia. Una que a veces para muchos duele. Pero también una que recuerda lo mejor de nuestra gente.
“Porque si algo define a Rauch, a travez del tiempo, de la lluvia y las dificultades, es su gente: solidaria, siempre presente y capaz de salir adelante, una y otra vez, incluso en los momentos más difíciles.”