
La discusión sobre la eliminación de las primarias suele concentrarse en su costo económico. Sin embargo, desde el análisis político, la pregunta central es otra: ¿qué ocurre cuando desaparecen los mecanismos institucionales destinados a coordinar partidos, alianzas y electorados?
Existe una dimensión de la política que rara vez ocupa el centro del debate público. Mientras la atención ciudadana suele concentrarse en candidatos, campañas, encuestas o resultados electorales, existe una suerte de «agenda silenciosa», integrada por reglas, procedimientos e instituciones que, aunque pasan habitualmente desapercibidos, condicionan de manera decisiva la producción de representación política y, en última instancia, la vida democrática de las sociedades. Las formas en que se seleccionan los candidatos, se construyen las alianzas, se organizan los partidos o se estructura la competencia electoral no constituyen cuestiones meramente administrativas o técnicas. Por el contrario, representan decisiones institucionales capaces de modificar los incentivos de los actores políticos, la calidad de la representación, las estrategias electorales e incluso los resultados de las elecciones. La discusión actual sobre el futuro de las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) constituye, probablemente, uno de los ejemplos más relevantes de esta agenda silenciosa.

Contexto.
La eventual eliminación de las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO), impulsada por el gobierno nacional, volvió a colocar en el centro del debate una de las reformas políticas más importantes de las últimas décadas en Argentina.
Aprobadas en 2009 y aplicadas por primera vez en las elecciones nacionales de 2011, las PASO fueron concebidas con tres objetivos principales: democratizar la selección de candidaturas, ordenar la competencia interna de los partidos políticos y reducir la fragmentación del sistema partidario. La discusión pública actual, sin embargo, suele concentrarse casi exclusivamente en dos cuestiones: el costo económico del proceso electoral y la conveniencia de que la ciudadanía participe o no en las internas partidarias.
Existe, sin embargo, una dimensión menos visible pero probablemente más relevante desde el punto de vista institucional: el papel que las PASO desempeñaron como mecanismo de coordinación política.
El problema de la fragmentación.
Una de las herramientas más utilizadas por la ciencia política para medir el grado de fragmentación de un sistema político es el denominado Número Efectivo de Partidos (NEP), desarrollado por Laakso y Taagepera en 1979.
A diferencia de una simple contabilización de partidos, el NEP busca estimar cuántas fuerzas políticas son efectivamente relevantes en términos electorales. Un sistema puede presentar numerosas listas electorales, pero si la mayor parte de los votos se concentra en pocas opciones, el nivel efectivo de fragmentación será relativamente bajo. Por el contrario, cuando los apoyos electorales se distribuyen entre múltiples fuerzas con niveles de competitividad relativamente similares, el sistema tiende a presentar mayores niveles de fragmentación.
Diversos estudios sobre el sistema político argentino sugieren que, tras la implementación de las PASO en 2011, el grado de fragmentación electoral tendió a reducirse. Si bien este proceso respondió también a otros factores políticos e institucionales, la evidencia disponible indica que las elecciones primarias contribuyeron a ordenar la competencia electoral a través de, al menos, dos mecanismos principales.
Por un lado, las PASO incentivaron la conformación de coaliciones electorales amplias antes de la elección general, promoviendo procesos de coordinación entre partidos y dirigentes. Por otro, establecieron un umbral mínimo de acceso del 1,5% de los votos válidos, limitando la participación en la elección general de aquellas fuerzas que no alcanzaban un nivel mínimo de competitividad electoral.
La importancia de estos mecanismos no radica únicamente en la reducción del número de partidos participantes. Desde la perspectiva de la teoría electoral, la fragmentación excesiva puede producir efectos no deseados sobre el funcionamiento de la competencia democrática. Entre ellos, la dificultad para construir mayorías estables, el incremento de los costos de coordinación entre actores políticos, la dispersión de electorados ideológicamente próximos y, en determinados contextos, la generación de resultados electorales que no necesariamente reflejan las preferencias agregadas de los distintos espacios políticos.
En este sentido, las PASO no sólo funcionaron como un mecanismo de selección de candidaturas. También operaron, al menos parcialmente, como una institución destinada a ordenar la oferta política, facilitar la coordinación electoral y reducir algunos de los efectos potencialmente disfuncionales de la fragmentación partidaria.
Más que una interna partidaria.
La discusión actual suele presentar a las PASO como un mecanismo para resolver disputas internas entre dirigentes políticos. Sin embargo, su función política fue mucho más amplia.
Las elecciones primarias operaron, durante más de una década, como un espacio institucional de coordinación entre partidos, dirigentes y electorados. Permitieron construir alianzas, ordenar liderazgos y reducir los costos de la fragmentación electoral.
La pregunta que surge entonces no es únicamente si las PASO son caras o baratas, ni siquiera si son más o menos democráticas. La pregunta central es otra:
¿Qué ocurrirá cuando desaparezca uno de los principales mecanismos institucionales destinados a coordinar la competencia política?
Las PASO como mecanismo de información democrática.
Existe, además, una función de las elecciones primarias que suele recibir menos atención en el debate público, pero que resulta central desde la perspectiva de la teoría democrática: la producción de información política.
Las elecciones no sólo sirven para seleccionar representantes. También constituyen mecanismos mediante los cuales la ciudadanía obtiene información relevante sobre la fortaleza relativa de los partidos, la competitividad de las candidaturas y las posibilidades reales de acceso al poder de los distintos actores políticos.
En este sentido, las PASO operaron durante más de una década como una gran instancia nacional de producción de información electoral. Sus resultados permitieron a los ciudadanos, a los partidos y a los propios candidatos conocer con mayor precisión el grado de competitividad de cada fuerza política, identificar tendencias electorales y ajustar estrategias de participación y coordinación.
Desde la perspectiva del comportamiento electoral, esta información cumple una función democrática fundamental. Los electores no toman decisiones en el vacío, sino a partir de expectativas sobre las posibilidades de éxito de las distintas alternativas políticas. La disponibilidad de información sobre la competitividad de las candidaturas contribuye a reducir la incertidumbre, facilita la coordinación entre votantes y permite ejercer el voto con mayores niveles de información.
La eventual eliminación de las PASO plantea, por lo tanto, un interrogante adicional: ¿cómo se producirá y distribuirá esa información estratégica en ausencia de un mecanismo institucional que, durante más de una década, funcionó como una instancia pública, universal y obligatoria de medición de fuerzas políticas?
Una pregunta que también interpela a Rauch.
Aunque la discusión se desarrolla a nivel nacional, sus efectos potenciales recaen ampliamente sobre el escenario local.
La experiencia reciente de Rauch ofrece un ejemplo particularmente interesante. Los resultados electorales de los últimos años sugieren que, cuando los mecanismos de coordinación entre espacios políticos se debilitan o desaparecen, la fragmentación puede producir efectos significativos sobre la distribución del voto y la participación electoral.
La competencia local reciente mostró que la fragmentación del espacio no peronista no sólo pudo haber favorecido electoralmente a otras fuerzas, sino también haber generado procesos de abstención entre sectores del electorado que no encontraron una oferta política suficientemente representativa.
En tal sentido, no sólo habrían funcionado como un mecanismo de selección de candidatos, sino también como una institución capaz de reducir la fragmentación electoral. Mientras que el Número Efectivo de Partidos (NEP) del sistema político local alcanzó valores superiores a 3 en algunos períodos previos y posteriores a la implementación de las PASO, el espacio no peronista mostró, entre 2015 y 2021, niveles de fragmentación cercanos a la unidad, reflejando un elevado grado de coordinación política y electoral. La irrupción de nuevas fuerzas políticas y el debilitamiento de esos mecanismos de coordinación parecen haber revertido parcialmente esa tendencia en los últimos años.


Fragmentación total. El sistema político local alcanzó sus mayores niveles de fragmentación en 2009 y 2013, con valores superiores a 3 partidos efectivos. A partir de la consolidación de las coaliciones electorales posteriores a las PASO, el NEP legislativo descendió y se estabilizó alrededor de 2,5 partidos efectivos.
Fragmentación del espacio no peronista. Antes de la consolidación de Cambiemos/Juntos, el espacio no peronista presentaba niveles relativamente elevados de fragmentación (NEP ≈ 1,8). Entre 2015 y 2021, el NEP no peronista cayó a valores cercanos a 1, reflejando un alto grado de coordinación electoral. Estos datos parecen reforzar la hipótesis de que las PASO y los procesos de coalición asociados contribuyeron a reducir la fragmentación efectiva del espacio no peronista en Rauch.
La implementación de las PASO coincidió con una reducción del nivel de fragmentación efectiva del sistema político de Rauch, reforzando la idea de que las elecciones primarias actuaron como un mecanismo institucional de coordinación electoral. Los datos de Rauch parecen mostrar que las PASO y, sobre todo, los procesos de coordinación política asociados a ellas, contribuyeron a reducir significativamente la fragmentación efectiva del espacio no peronista. Entre 2015 y 2021, el Número Efectivo de Partidos no peronistas se mantuvo en niveles cercanos a 1, reflejando un elevado grado de coordinación electoral. La irrupción de nuevas fuerzas políticas y el debilitamiento de los mecanismos de coordinación en los últimos años parecen haber revertido parcialmente esa tendencia.
En tal sentido, la fragmentación del espacio no peronista en Rauch no fue un accidente coyuntural, sino la consecuencia de la debilitación de los mecanismos institucionales y políticos que durante más de una década contribuyeron a coordinarlo.
Durante casi una década, el espacio no peronista de Rauch funcionó prácticamente como un partido predominante ampliado.
Desde esta perspectiva, la discusión sobre las PASO deja de ser un debate exclusivamente administrativo o presupuestario. También se transforma en una discusión sobre los mecanismos que permiten ordenar la competencia política, construir alianzas y coordinar electorados.
Una hipótesis para observar.
La eventual eliminación de las PASO podría producir un efecto paradójico.
Mientras algunos actores políticos esperan que la desaparición de las primarias simplifique el sistema electoral, también podría contribuir a incrementar la fragmentación partidaria y aumentar la incertidumbre sobre la formación de alianzas y la coordinación electoral.
En otras palabras, las PASO quizás no hayan sido solamente un mecanismo para elegir candidatos. Es posible que hayan funcionado, además, como una de las principales instituciones destinadas a organizar la competencia política argentina.
Las PASO no sólo producían candidatos; también producían información. Pero, quizás más importante aún, las PASO producían coordinación política. Y toda democracia necesita algún mecanismo capaz de ordenar la competencia, coordinar actores y transformar preferencias sociales en representación política.
Y si esa hipótesis fuera correcta, la pregunta que comienza a abrirse no es quién ganará las próximas elecciones, sino algo quizás más importante:
Si desaparecen las PASO, ¿quién se encargará de ordenar la política?
