
Una tarde nublada, dos niños en la plaza del barrio Solidaridad y un trozo de memoria colectiva que vuela alto. La asombrosa historia y la nostalgia de un juguete eterno que se resiste a desaparecer de nuestros cielos
Este domingo apacible y nublado en Rauch, acariciado por un vientito suave de unos 13 kilómetros por hora, regaló una postal conmovedora en la plaza del barrio Solidaridad: dos niños, Ivo y Benja, remontando su barrilete con una alegría que hacía mucho tiempo no se veía.
Esa imagen simple y profunda tiene el poder de evocar de inmediato la infancia de las viejas generaciones, transportándonos a esos momentos entrañables en los que nos sentábamos junto a nuestros mayores para darles vida con lo que hubiera en casa. Con papel de diario, bolsas, hilo, lanas y engrudo compartíamos el ritual de la creación artesanal. En los mejores días,cuentan algunos mayores que yo( que apenas paso los cuarenta y pico «corto el pico» jajaj)que cuando el bolsillo estaba un poco más holgado o se lográba juntar algunas monedas haciendo mandados para los vecinos, se compraba el hilo especial para las esperadas carreras de barriletes en el barrio.
Aunque hoy ya no proliferen tanto como antes, verlos colear en el aire en plazas o playas sigue teniendo la fuerza mágica de alimentar las fantasías de la niñez. Este noble juguete, que en Centroamérica llaman papalote —término de origen náhuatl que significa “mariposa”,detrás de su aparente sencillez esconde un recorrido asombroso por la historia de la humanidad.
Los barriletes nacieron en China unos 1.200 años antes de Cristo con fines militares, sirviendo para transmitir mensajes codificados según sus colores. Incluso llegaron a usarse para pedir auxilio exterior en el año 594, cuando el ejército sitiado en la ciudad de King-Thai los utilizó durante el reinado del emperador Won-ti. A lo largo de los siglos, comunicaron señales de ataque en batallas históricas como la de Hastings en 1066. Más adelante, sirvieron para que Benjamin Franklin desentrañara los secretos de la electricidad de las nubes, e incluso la NASA los utilizó sin armazón de madera para estudiar las corrientes de aire a gran altura y las condiciones de lanzamiento de las cápsulas espaciales. También la literatura de Julio Verne los inmortalizó, haciendo volar a uno de sus personajes adolescentes para explorar una isla en su célebre libro Dos años de vacaciones.
En nuestras tierras, el idilio con los barriletes se remonta a los tiempos de la colonia, teniendo como sede central de esta afición a la parroquia de San Nicolás. Allí se enseñaba a fabricarlos con paciencia artesanal: elegir las cañas, cortarlas al medio, decidir los colores y motivos, y ajustar los tiros para poner de fiesta el cielo. Esta afición se perfeccionaría enormemente cuando el artesano chileno Guillermo Prado Catalán inventó el carrete para manejar cómodamente el hilo, un diseño que decidió no patentar y que fue adoptado de inmediato en todo el mundo.
A pesar de haber sufrido prohibiciones estrictas en diferentes épocas y lugares —desde las plazas de Nueva York y las azoteas de México en el siglo XIX, hasta el régimen talibán en Afganistán entre 1996 y 2001—, el impulso de volar siempre ha sido más fuerte.
Ver hoy a Ivo y Benja correr bajo el cielo de Rauch nos recuerda que el hilo invisible de la memoria nunca se corta y que siempre habrá un viento apacible dispuesto a elevarnos el alma.
