
El voto “anti”, los fallos de coordinación y el comportamiento estratégico ayudan a comprender cómo se construyen las mayorías electorales. En Rauch, la disputa no depende solamente del tamaño del peronismo y del espacio no peronista, sino de su capacidad para organizar la oferta, movilizar votantes y coordinar fuerzas diferentes.
En la política argentina, los partidos cambian de nombre, forman nuevas coaliciones, reemplazan candidatos y modifican sus programas. Sin embargo, por debajo de esas transformaciones persiste una división que lleva ocho décadas organizando buena parte de la competencia electoral: peronismo y no peronismo.
Rauch no está afuera de esa historia. Aunque posee particularidades locales -entre ellas, una tradición radical especialmente fuerte-, sus elecciones también pueden leerse a partir de esa frontera.
De un lado se encuentra un electorado peronista que conserva una importante capacidad de identificación y movilización. Del otro, un espacio no peronista más heterogéneo, actualmente disputado por la Unión Cívica Radical, el PRO y La Libertad Avanza.
La existencia de esos dos campos no significa que todos sus integrantes piensen igual. Tampoco permite sumar automáticamente los votos obtenidos por diferentes partidos. Pero ayuda a comprender por qué algunas alianzas aparentemente contradictorias resultan electoralmente posibles, por qué ciertos votantes cambian de boleta sin considerar que hayan cambiado completamente de identidad y por qué una mayoría potencial puede terminar convertida en una minoría electoral.
La pregunta de fondo no es solamente quién tiene más votos.
¿Qué fuerza consigue representar, coordinar y movilizar a cada lado de la división peronismo–no peronismo?
UNA DIVISIÓN MÁS PROFUNDA QUE UNA ELECCIÓN.
En ciencia política se utiliza el concepto de clivaje para describir una división relativamente estable que atraviesa una sociedad, construye identidades colectivas y encuentra una expresión organizada en partidos, movimientos o coaliciones.
No toda diferencia política constituye un clivaje.
Una controversia circunstancial puede influir sobre una elección y desaparecer poco tiempo después. El clivaje, en cambio, permanece. Ordena pertenencias, establece fronteras y condiciona qué alternativas resultan aceptables para los distintos grupos.
Para que exista un clivaje suelen combinarse al menos tres dimensiones:
- una diferencia social, cultural, territorial o económica;
- la formación de identidades alrededor de esa diferencia;
- y una expresión política organizada capaz de representarla.
La formulación clásica de Lipset y Rokkan mostró que los sistemas de partidos no nacen únicamente de las decisiones tomadas durante una campaña. También expresan conflictos históricos que se institucionalizan y sobreviven a las circunstancias que inicialmente los produjeron.
Los partidos pueden transformarse, dividirse o desaparecer, pero las divisiones que representaban pueden continuar buscando nuevas formas de expresión.
Eso resulta particularmente importante para analizar a la Argentina. Desde la aparición del peronismo, una parte sustancial de la competencia política comenzó a estructurarse alrededor de la adhesión o el rechazo a ese movimiento.
El peronismo modificó las formas de representación de los trabajadores, la relación entre el Estado y los sindicatos, el lugar político de los sectores populares y los modos de ejercer el liderazgo.
Pero también produjo una identidad contraria.
El antiperonismo no fue únicamente la ausencia de peronismo. Construyó sus propias referencias, memorias, símbolos, organizaciones y formas de entender la política.
Desde entonces, peronismo y antiperonismo se definieron muchas veces de manera recíproca. Cada uno contribuyó a establecer los límites del otro.
NO SE TRATA SOLAMENTE IZQUIERDA CONTRA DERECHA.
Uno de los errores más frecuentes al analizar la política argentina consiste en trasladar automáticamente el eje izquierda–derecha y suponer que alcanza para explicar la competencia electoral.
El peronismo ha incluido, en distintos momentos históricos, expresiones de izquierda, centro y derecha. El campo no peronista también ha reunido posiciones socialdemócratas, liberales, conservadoras, desarrollistas y, más recientemente, libertarias.
Esto explica por qué sectores relativamente cercanos en materia económica pueden encontrarse enfrentados por sus identidades políticas. También permite comprender por qué partidos con programas diferentes pueden intentar construir una coalición cuando comparten la voluntad de impedir el triunfo del peronismo.
Pierre Ostiguy sostiene que la política argentina se organiza en un espacio de dos dimensiones. Al eje habitual de izquierda y derecha se agrega otra división vinculada con las identidades, los estilos, las formas de liderazgo y los modos de relacionarse con la sociedad.
Esa segunda dimensión permite explicar la persistencia del enfrentamiento entre peronismo y antiperonismo incluso cuando ambos campos modifican sus posiciones ideológicas. Pierre Ostiguy, Universidad de Notre Dame
Por esta razón, para comprender una elección en la Argentina no alcanza con preguntar si una fuerza es de izquierda, de centro o de derecha.
También es necesario observar qué lugar ocupa frente al peronismo.
POR QUÉ LOS ANÁLISIS POLÍTICOS EN ARGENTINA DEBEN CONSIDERARLO.
Ignorar el clivaje peronismo–no peronismo puede llevar a interpretar los movimientos electorales sin comprender completamente su dirección.
El primer error consiste en imaginar que cada elección comienza desde cero.
Los ciudadanos no llegan a las urnas como hojas en blanco. Lo hacen con identidades, tradiciones familiares, experiencias de gobierno, recuerdos políticos y rechazos acumulados.
El segundo es suponer que todos los votos responden exclusivamente a la evaluación de la gestión.
Una buena o mala administración importa, pero las identidades políticas también influyen sobre qué problemas observa cada persona, a quién atribuye responsabilidades y qué explicaciones considera creíbles.
El tercero es interpretar todo cambio de partido como una transformación ideológica.
Un elector puede pasar de la UCR al PRO o del PRO a LLA sin haber atravesado completamente la frontera entre peronismo y no peronismo. Puede haber cambiado el instrumento electoral utilizado para expresar una preferencia relativamente estable.
El cuarto error es sumar partidos como si todos sus votos fueran transferibles.
Pertenecer al amplio campo no peronista no significa aceptar cualquier candidatura ni cualquier alianza.
El quinto es atribuir una victoria únicamente al crecimiento de la fuerza ganadora.
En algunas elecciones, el resultado también puede explicarse por la fragmentación, la desmovilización o los fallos de coordinación de sus adversarios.
Un estudio realizado por Martín Alessandro sobre transferencias electorales en la Ciudad de Buenos Aires encontró evidencias de persistencia del clivaje peronismo–antiperonismo, aunque también observó una importancia creciente del eje izquierda–derecha para determinados sectores del electorado. Es decir, las divisiones pueden superponerse sin que una necesariamente elimine a la otra. Artículo publicado por Revista SAAP
Incorporar el clivaje no significa afirmar que toda la política argentina se reduzca al peronismo y al antiperonismo. Existen conflictos económicos, territoriales, generacionales, ambientales, culturales y de género. También adquiere reciente importancia la oposición entre política tradicional y antipolítica.
Significa, por el contrario, reconocer que la división peronismo–no peronismo continúa condicionando la manera en que muchos de esos conflictos se traducen electoralmente.
PERONISMO, NO PERONISMO Y ANTIPERONISMO.
¿Qué significan, desde esta nota, estos tres conceptos?
El peronismo constituye una identidad política histórica, aunque internamente diversa y expresada mediante diferentes partidos, frentes y liderazgos.
El no peronismo es una categoría más amplia. Incluye a quienes votan fuerzas distintas del peronismo, pero no necesariamente organizan su identidad alrededor de su rechazo. Allí pueden convivir radicales, liberales, socialistas, conservadores, libertarios e independientes.
El antiperonismo, en cambio, incorpora un componente activo: la oposición al peronismo funciona como un criterio relevante para definir el voto, las alianzas aceptables y los límites de pertenencia.
Por eso, todo antiperonista es no peronista, pero no todo votante no peronista debe ser considerado automáticamente antiperonista.
La distinción es indispensable. De lo contrario, podríamos cometer el error de sumar los votos de la UCR, el PRO y LLA como si fueran completamente intercambiables.
Esas fuerzas comparten una ubicación general fuera del peronismo, pero sus electorados pueden tener preferencias, identidades e intensidades de rechazo diferentes.
Un radical puede aceptar una alianza con el PRO y rechazar una encabezada por LLA. Un libertario puede votar al PRO en determinadas circunstancias, pero negarse a acompañar a la UCR. Un elector independiente puede sentirse más alejado del peronismo nacional que de un candidato peronista local.
Otros pueden preferir abstenerse antes que votar por una coalición que consideren incompatible con sus convicciones.
La existencia de un polo no peronista, por lo tanto, no garantiza su unidad electoral.
EL VOTO “ANTI”.
El voto “anti” aparece cuando la decisión se organiza principalmente alrededor del rechazo. El elector puede no identificarse plenamente con la fuerza que elige, pero la considera el instrumento más adecuado para impedir un resultado que juzga peor.
No se trata de una conducta exclusivamente argentina ni necesariamente irracional. Toda decisión electoral combina adhesiones, preferencias, evaluaciones y rechazos. En algunos contextos se vota principalmente a favor de un candidato. En otros adquiere mayor peso la voluntad de evitar que gane su adversario.
Dentro del clivaje peronismo–no peronismo, una persona puede haber votado sucesivamente por la UCR, el PRO y LLA sin interpretar esos cambios como un traslado completo de identidad. Cambió la herramienta electoral, pero pudo haber conservado una frontera: no votar al peronismo.
También puede suceder a la inversa. Un votante que no se considera peronista podría acompañar circunstancialmente a una candidatura de ese origen para impedir el triunfo de una fuerza que rechaza todavía más.
El voto “anti” no pertenece exclusivamente a uno de los dos campos. Sin embargo, resulta especialmente importante en un espacio no peronista integrado por varias organizaciones que compiten por representar a un electorado parcialmente compartido.
CUANDO UNA MAYORÍA NO LOGRA COORDINARSE.
La teoría de la coordinación electoral ayuda a comprender por qué la suma potencial de varios partidos no siempre se convierte en una victoria.
Gary Cox plantea que las reglas electorales generan problemas de coordinación que deben ser resueltos tanto por los dirigentes como por los votantes. Los partidos deben decidir quiénes competirán, qué candidaturas se retirarán y qué alianzas se formarán. Los electores, por su parte, deben evaluar cuáles opciones tienen posibilidades reales de alcanzar el resultado buscado. Gary Cox, Making Votes Count
EL PRIMER NIVEL ES LA COORDINACIÓN DE LAS ÉLITES.
Si varias fuerzas que comparten una parte de su electorado presentan candidaturas separadas, pueden dividir el voto y facilitar el triunfo de una organización con una base más cohesionada. Las alternativas son conformar una alianza, realizar una interna que ordene las candidaturas o acordar el retiro de alguno de los competidores.
Pero coordinar no significa simplemente reunir sellos partidarios. Una coalición puede resolver la fragmentación de la oferta y, al mismo tiempo, perder votantes cuyos límites de aceptación fueron sobrepasados.
Una alianza entre la UCR, el PRO y LLA podría reunir formalmente al espacio no peronista, pero la suma electoral final dependería de cuántos votantes aceptaran esa combinación. Algunos acompañarían; otros podrían trasladarse hacia otra fuerza; y una parte podría abstenerse.
De lo dicho resulta que, la unidad partidaria no siempre produce una suma perfecta. También puede generar pérdidas, tensiones o desmovilización.
EL SEGUNDO NIVEL ES LA COORDINACIÓN DE LOS VOTANTES.
Incluso cuando los dirigentes presentan candidaturas separadas, los electores pueden concentrarse espontáneamente en aquella que consideran mejor posicionada para derrotar al adversario. Para que eso ocurra deben identificar con cierta claridad cuál es la alternativa competitiva.
Cuando dos o más candidatos reclaman simultáneamente esa condición, la coordinación se vuelve más difícil. Si no existen antecedentes claros, liderazgos reconocibles, resultados previos o información suficientemente confiable, cada elector puede tomar una decisión diferente.
Eso es un fallo de coordinación: actores que podrían compartir un objetivo general no consiguen acordar cuál es el instrumento adecuado para alcanzarlo.
Una mayoría social potencial puede quedar electoralmente dividida. Mientras tanto, una fuerza con una base menor, pero más cohesionada, puede obtener la mayor cantidad de votos y ganar la elección.
LAS PASO COMO INSUMO DE INFORMACIÓN ELECTORAL.
Las instituciones electorales pueden ayudar a reducir esos problemas de coordinación.
Cuando están vigentes, las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias no solamente permiten seleccionar candidaturas. También producen información pública sobre la capacidad electoral de cada fuerza.
Después de las PASO, los ciudadanos pueden saber qué espacios son realmente competitivos, cuáles quedaron relegados y qué candidatura se encuentra en mejores condiciones de concentrar el voto de un determinado campo político.
En ese sentido, las PASO funcionan como una gran encuesta basada en votos reales. A diferencia de los sondeos, los partidos compiten el mismo día, bajo las mismas reglas y con la participación del electorado.
Esa información puede modificar expectativas, ordenar la oferta e incentivar el voto estratégico en la elección general.
Esto no significa que las primarias eliminen todos los fallos de coordinación. Una fuerza puede obtener un resultado importante y luego perder apoyos. Una interna demasiado conflictiva puede dificultar la reunificación posterior. También puede haber votantes que intervengan estratégicamente en una competencia partidaria distinta de su preferencia principal.
Pero, aun con esas limitaciones, las PASO ofrecen una señal pública sobre la viabilidad de las candidaturas.
Sin una instancia de ese tipo, los electores dependen en mayor medida de encuestas, campañas, antecedentes, presencia territorial y percepciones construidas por los medios.
Si varias candidaturas afirman simultáneamente que son las únicas capaces de derrotar al adversario, pero ninguna información confiable permite establecerlo, aumenta la posibilidad de fragmentación.
VOTAR LO PREFERIDO O VOTAR LO POSIBLE
En ese punto aparece el voto estratégico.
Un voto es estratégico cuando el elector no elige necesariamente su primera preferencia, sino la opción que considera más útil para producir o evitar un resultado.
El razonamiento puede ser sencillo:
“Prefiero al candidato A, pero tiene pocas posibilidades. Votaré al candidato B porque puede derrotar al candidato C”.
El elector no modifica necesariamente sus ideas. Adapta su decisión al escenario competitivo.
El voto estratégico requiere información o, al menos, una percepción compartida sobre la viabilidad de las candidaturas. Si nadie sabe cuál de las alternativas tiene mayores posibilidades, los electores no pueden coordinarse eficazmente.
También requiere que la segunda preferencia resulte aceptable. Un votante puede admitir que su candidato preferido no tiene posibilidades y, aun así, negarse a acompañar a otra fuerza. En ese caso, puede sostener un voto testimonial, votar en blanco o abstenerse.
La capacidad de concentrar el voto “anti” depende, entonces, de dos condiciones: que exista una alternativa reconocida como competitiva y que esa opción permanezca dentro de los límites aceptables para una parte suficiente del electorado.
LA SEGUNDA VUELTA: EL VOTO ESTRATÉGICO MÁS VISIBLE.
El balotaje constituye el ejemplo más claro de coordinación electoral.
En la primera vuelta, el ciudadano puede acompañar a su opción preferida. Si esa candidatura queda eliminada, debe decidir qué hacer frente a las dos alternativas que continúan: votar por la más cercana, elegir principalmente contra la que rechaza, votar en blanco o abstenerse.
La segunda vuelta reduce drásticamente el problema de coordinación porque deja solamente dos candidaturas viables. Pero no garantiza que los votos de las fuerzas eliminadas se transfieran automáticamente. Cada elector vuelve a tomar una decisión.
La segunda vuelta presidencial de 2023 lo mostró con claridad. En la primera vuelta, Sergio Massa obtuvo aproximadamente el 36,8% de los votos; Javier Milei, el 30%; y Patricia Bullrich, el 23,8%. En el balotaje, Milei alcanzó cerca del 55,7% y Massa, el 44,3%.
Una proporción importante del electorado que había acompañado a otras candidaturas terminó concentrándose en Milei. En muchos casos pudo tratarse de una decisión estratégica orientada a impedir la continuidad del peronismo en el gobierno.
Sin embargo, no puede afirmarse que todos los votos de Bullrich pasaron automáticamente a Milei ni que todos quienes lo eligieron se convirtieron en libertarios.
Los resultados agregados permiten observar una concentración, pero no conocer individualmente la motivación de cada ciudadano.
Algunos pudieron votar por adhesión; otros, por cercanía ideológica; otros, contra el oficialismo; y otros pudieron votar en blanco o no participar.
El balotaje demuestra la diferencia entre identidad y comportamiento electoral.
Una persona puede conservar su identidad radical, macrista o independiente y acompañar estratégicamente a una candidatura libertaria porque, entre las dos opciones disponibles, la considera preferible.
RAUCH NO TIENE UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD.
La elección municipal bonaerense presenta una diferencia fundamental: no existe segunda vuelta para elegir intendente.
Gana la candidatura que obtiene más votos, aunque no alcance la mayoría absoluta. Por lo tanto, una fragmentación producida en la elección municipal no puede corregirse posteriormente mediante un balotaje.
La coordinación debe producirse antes de la elección, mediante una alianza, una interna que ordene las candidaturas o un voto estratégico suficientemente extendido.
Esto vuelve especialmente importante el fallo de coordinación.
Si varias fuerzas compiten por un electorado semejante, pueden dividir sus votos y facilitar el triunfo de una candidatura que no representa a la mayoría absoluta, pero sí constituye la primera minoría.
En una elección presidencial, el balotaje puede reunir posteriormente a un campo inicialmente fragmentado. En nuestro distrito, esa segunda oportunidad no existe.
LO QUE MUESTRAN LOS ANTECEDENTES DE RAUCH.
La serie electoral que venimos reconstruyendo para Rauch muestra una presencia persistente de dos grandes polos, aunque sus expresiones partidarias hayan cambiado.
El peronismo conservó durante la última década un caudal relevante. El espacio no peronista, por su parte, fue mayoritario o altamente competitivo en diferentes elecciones, pero sus votos se distribuyeron entre la UCR, el PRO, LLA y otras alternativas según el tipo de elección y la oferta disponible.
Tomando los votos afirmativos y agrupando las fuerzas por grandes polos, el peronismo obtuvo aproximadamente:
48,58% en 2015.
37,48% en 2017.
42,07% en 2019.
44,84% en 2021.
41,91% en 2023.
49,53% en 2025.
El espacio identificado con Juntos por el Cambio o con sus principales componentes reunió:
51,42% en 2015.
56,42% en 2017.
55,31% en 2019.
52,03% en 2021.
49% en 2023.
38,02% en 2025.
LLA agregó un nuevo competidor dentro del espacio no peronista: alcanzó aproximadamente el 9,09% en 2023 y el 12,43% en 2025.
La comparación debe realizarse con cautela. No todas esas elecciones eligieron los mismos cargos ni estuvieron dominadas por los mismos temas. Una elección municipal ejecutiva no produce necesariamente el mismo comportamiento que una legislativa. Tampoco puede suponerse que todos los votos de cada fuerza pertenezcan definitivamente a uno de los dos polos.
Sin embargo, la serie permite detectar una regularidad: las variaciones del resultado no dependen solamente del crecimiento o la caída del peronismo. También están asociadas con la manera en que se distribuye, coordina o desmoviliza el electorado no peronista.
LA ADVERTENCIA DE 2025.
La elección de 2025 dejó un dato especialmente importante. El espacio no peronista perdió aproximadamente 1.201 votos respecto de 2023, mientras la abstención pasó de 2.837 a 4.591 personas, un crecimiento del 61,8%.
No es posible afirmar que todas las personas que dejaron de votar pertenecían a una fuerza determinada. Para demostrar transferencias individuales necesitaríamos información que el escrutinio agregado no proporciona.
Pero sí podemos establecer algo: la pérdida de votos de una fuerza no se convirtió automáticamente en un crecimiento equivalente de su adversario.
Una parte del electorado pudo trasladarse hacia otra opción. Otra pudo votar en blanco. Y otra, sencillamente, pudo retirarse de la competencia.
Este comportamiento resulta central para analizar el voto “anti”.
Cuando el rechazo no encuentra una alternativa considerada competitiva y aceptable, no siempre cambia de campo. A veces se transforma en abstención.
En consecuencia, el desafío del espacio no peronista no consiste solamente en sumar los porcentajes obtenidos por la UCR, el PRO y LLA. Debe conseguir que esos votantes acepten compartir una candidatura y encuentren razones suficientes para concurrir a las urnas.
UNA TRADICIÓN RADICAL Y UNA NUEVA DISPUTA.
Rauch no reproduce mecánicamente la política nacional. La UCR posee un arraigo local, una estructura territorial y una tradición de gobierno que le otorgan una identidad propia. No es simplemente una pieza intercambiable dentro de cualquier coalición nacional.
El PRO y LLA representan otras formas de organizar y expresar el voto no peronista. Sus discursos, liderazgos y posiciones frente al Estado no coinciden necesariamente con la tradición radical.
Por eso, la disputa no es solamente entre peronismo y no peronismo. También existe una competencia interna por conducir el segundo polo.
La UCR puede intentar conservar su centralidad local. El PRO debe resolver su ubicación frente al radicalismo y al espacio libertario. LLA procura presentarse como una alternativa capaz de reemplazar a las expresiones anteriores.
Cada fuerza necesita diferenciarse para crecer, pero una diferenciación excesiva puede dificultar cualquier coordinación posterior.
Allí aparece una paradoja: los partidos deben competir para conducir el mismo espacio, pero esa competencia puede fragmentar el electorado que pretenden representar.
¿UNA COORDINACIÓN ENTRE LAS TRES FUERZAS NO PERONISTAS?
La disputa interna no excluye una posible coordinación posterior.
La UCR, el PRO y LLA podrían explorar algún tipo de acuerdo electoral en uno o varios niveles de competencia: nacional, provincial o municipal.
No necesariamente tendría que existir una alianza idéntica en todos ellos. La política argentina funciona como un sistema multinivel. Los partidos toman decisiones considerando simultáneamente la elección presidencial, la Gobernación, las legislaturas, las intendencias y los concejos deliberantes.
Podría existir una coalición nacional entre el PRO y LLA con la UCR compitiendo por separado. También podría construirse un acuerdo provincial más amplio para disputar la Gobernación bonaerense, una coordinación entre las tres fuerzas en determinados municipios o alianzas municipales diferentes de las establecidas en los niveles superiores.
LA HIPÓTESIS QUE DEBEMOS CONSIDERAR ES LA SIGUIENTE:
Frente a un peronismo competitivo, los incentivos electorales podrían empujar a la UCR, el PRO y LLA hacia alguna forma de coordinación en al menos uno de los niveles de competencia. Esa convergencia no dependería necesariamente de una identidad o un programa completamente compartidos, sino de la percepción de que la fragmentación aumenta las posibilidades de una victoria peronista.
Se trataría de una coordinación impulsada por la estructura de la competencia.
Cuanto mayor sea la expectativa de una elección polarizada y cuanto más competitivo aparezca el peronismo, mayores podrían ser los incentivos para evitar la dispersión del voto no peronista.
Sin embargo, esos incentivos no operan de igual manera para las tres fuerzas.
LLA podría pretender conducir el espacio a partir de su desempeño nacional. El PRO debería decidir entre conservar autonomía, profundizar su vinculación con el espacio libertario o reconstruir su relación con la UCR.
El radicalismo, especialmente allí donde conserva gobiernos locales y organización territorial, tendría razones para resistir una subordinación a fuerzas con menor arraigo municipal.
Una alianza conveniente desde el nivel nacional puede resultar inconveniente para un partido en el nivel local.
RAUCH DENTRO DE UNA NEGOCIACIÓN MAYOR.
Rauch constituye un caso especialmente interesante. La fortaleza territorial de la UCR modifica el equilibrio que podría existir en otros municipios.
A escala nacional o provincial, el radicalismo podría aparecer como uno de los componentes de un frente más amplio. En Rauch, en cambio, posee antecedentes, organización, gobierno y capacidad propia para reclamar la conducción del espacio no peronista.
ESTO PERMITE PLANTEAR OTRA HIPÓTESIS:
Una eventual coordinación entre la UCR, el PRO y LLA podría no reproducir automáticamente en Rauch las jerarquías establecidas en el orden nacional o provincial. La distribución local del poder obligaría a negociar candidaturas, lugares en las listas y orientación política a partir de la fortaleza específica de cada fuerza en el distrito.
Podrían aparecer, al menos, cuatro escenarios:
Una coordinación completa entre la UCR, el PRO y LLA.
Una alianza entre el PRO y LLA con el radicalismo compitiendo por separado.
Un acuerdo nacional o provincial amplio, pero con una configuración diferente en Rauch.
Una competencia entre las tres fuerzas no peronistas.
También podría existir algún mecanismo previo de ordenamiento, si las reglas electorales vigentes para 2027 lo permitieran.
La relación entre los niveles de competencia será decisiva. Las conducciones nacionales y provinciales pueden impulsar acuerdos generales, pero los partidos locales conservan recursos, intereses y liderazgos propios.
EL PROBLEMA DE TRASLADAR VOTOS ENTRE NIVELES.
Una alianza nacional tampoco garantiza que todos sus votos se reproduzcan en la elección municipal.
Los ciudadanos pueden apoyar una fuerza para la Presidencia, otra para la Gobernación y una tercera para la Intendencia, especialmente cuando las reglas electorales permiten diferenciar las categorías.
En Rauch, el peso de la gestión municipal, el conocimiento de los candidatos y la tradición radical pueden producir comportamientos distintos de los observados en el nivel nacional.
Un elector podría apoyar a LLA para la Presidencia y a la UCR para la Intendencia sin considerar contradictorias ambas decisiones. Otro podría acompañar a una coalición nacional no peronista y elegir una candidatura peronista local.
Por eso debemos diferenciar cuatro fenómenos:
Coordinación partidaria: acuerdo formal entre las organizaciones.
Coordinación electoral: concentración efectiva de los votos.
Coordinación multinivel: articulación de estrategias nacionales, provinciales y municipales.
Transferencia electoral: disposición real de los ciudadanos a acompañar candidatos provenientes de otra fuerza.
Una alianza puede conseguir la primera sin garantizar las restantes.
UNA UNIÓN POSIBLE, PERO NO UNA SUMA AUTOMÁTICA.
La eventual convergencia de las tres fuerzas no peronistas podría reducir el riesgo de dispersión. Pero también podría generar costos.
Una parte de los votantes radicales podría rechazar una alianza dominada por LLA. Algunos libertarios podrían considerar que un acuerdo con la UCR representa una incorporación de la política que pretendían desplazar. Sectores del PRO podrían aceptar la convergencia como una estrategia pragmática, mientras otros intentarían conservar una identidad propia.
En consecuencia, la pregunta no es únicamente si los dirigentes pueden acordar. También es si sus electorados aceptarían ese acuerdo.
La unidad formal reduciría el número de candidaturas, pero solamente se convertiría en unidad electoral si consigue retener una parte sustancial de los votos que cada fuerza obtuvo por separado.
Una suma electoral permite construir escenarios. No reemplaza el análisis político.
Podemos pensar los votos en tres categorías aproximadas:
Compatibles: acompañarían con relativa facilidad una candidatura común.
Estratégicamente transferibles: no comparten plenamente la candidatura, pero la votarían para impedir el triunfo del adversario.
No transferibles: elegirían otra fuerza, votarían en blanco o se abstendrían antes que acompañar determinadas alianzas.
La incógnita para 2027 no es cuánto sumaron anteriormente la UCR, el PRO y LLA. La pregunta verdaderamente importante es cuánto conservaría una eventual coalición después de reunirlos.
La misma advertencia corresponde al peronismo.
Tampoco constituye un electorado perfectamente uniforme. Sus diferencias internas pueden provocar fugas, abstención o competencia entre candidaturas. La unidad del peronismo suele ofrecerle una ventaja, pero también necesita ser producida y sostenida.
¿QUIÉN SE BENEFICIA CON EL FALLO DE COORDINACIÓN?
En una competencia fragmentada, no siempre gana la fuerza que representa al sector social más numeroso. Puede ganar aquella que conserva el electorado más cohesionado, presenta una oferta reconocible y consigue una mejor movilización.
Esto permite formular una hipótesis para Rauch:
El peronismo no necesita necesariamente conquistar a una porción mayoritaria del electorado no peronista.
Puede resultarle suficiente conservar su base, sostener su capacidad de movilización y esperar que sus adversarios no resuelvan sus problemas de coordinación.
Pero esa ventaja no debe confundirse con una victoria asegurada. Si el espacio no peronista consigue ordenar su oferta y promover un voto estratégico, puede transformar su volumen potencial en una mayoría efectiva.
El resultado dependerá de la capacidad de cada polo para coordinar partidos, candidaturas y votantes.
LA COORDINACIÓN NO REEMPLAZA UN PROYECTO.
El voto negativo puede ser electoralmente eficaz. En una competencia ajustada, el rechazo compartido puede concentrar apoyos muy diferentes. Sin embargo, estar en contra de la misma fuerza no garantiza acuerdos sobre cómo gobernar.
Una coalición construida exclusivamente alrededor del adversario puede ganar una elección y comenzar a fragmentarse cuando debe definir prioridades, distribuir responsabilidades y tomar decisiones.
Por eso existe una diferencia entre coalición electoral y coalición de gobierno.
La primera necesita reunir votos. La segunda, además, debe sostener acuerdos, administrar conflictos y producir políticas públicas.
El fallo de coordinación puede impedir que una mayoría potencial llegue al gobierno. Pero una coordinación exclusivamente electoral también puede producir gobiernos sin suficiente cohesión política.
El problema no se resuelve solamente con una boleta común.
La construcción de una mayoría requiere una candidatura reconocible, reglas internas aceptadas, un programa mínimo y razones positivas para movilizar al electorado.
LA INCÓGNITA HACIA 2027.
Todavía es temprano para hablar de candidaturas o alianzas definitivas. Las reglas, estrategias y ofertas electorales pueden modificarse. Pero los antecedentes permiten identificar el problema que deberá resolver cada espacio.
El peronismo necesita conservar su capacidad de movilización, contener sus diferencias internas y ampliar su representación más allá de su base habitual.
La UCR debe decidir cómo preservar su identidad y su fortaleza local dentro de un espacio no peronista transformado por el crecimiento libertario.
El PRO deberá definir si busca recuperar autonomía, sostener su relación con el radicalismo o acercarse definitivamente a LLA.
El espacio libertario deberá demostrar si puede superar su rendimiento legislativo, construir organización local y transformarse en una alternativa municipal competitiva.
Y los votantes deberán resolver si el rechazo compartido alcanza para acompañar una misma candidatura.
La competencia de 2027 podría depender menos de cuánto crezca cada campo que de quién consiga coordinarlo mejor.
Una mayoría social no se convierte automáticamente en mayoría electoral. Necesita partidos que ordenen la competencia, candidaturas que resulten aceptables, información que permita identificar opciones viables y ciudadanos dispuestos a concurrir a las urnas.
El voto “anti” puede reunir. El voto estratégico puede concentrar. Las PASO pueden proporcionar información. Una alianza puede ordenar la oferta. Y la segunda vuelta puede reducir la competencia a dos alternativas.
Ninguno de esos mecanismos reemplaza la construcción política.
En Rauch, como en buena parte de la República Argentina, el resultado no dependerá solamente de cuántos están de cada lado. Dependerá de quién consiga transformar una identidad, una preferencia o un rechazo en una mayoría efectiva.
Compartir un adversario puede alcanzar para ganar una elección. Pero no siempre es suficiente para representar los intereses generales de una sociedad, y mucho menos, para gobernarla.