
La remontada del presidente brasileño abre una discusión sobre el poder de la comunicación digital, la experiencia cotidiana y la construcción de mayorías. Qué puede aprender la política argentina de una elección que parecía favorable a la derecha y terminó con la reelección de Lula.
Por Daniel Molina | Observatorio Político de Rauch.
UNA (des)VENTAJA QUE PUDO REVERTIRSE.
Lula consiguió revertir el resultado de la primera vuelta y fue reelecto presidente de Brasil. El domingo 25 de octubre obtuvo el 51,79% de los votos válidos, frente al 48,21% de Flávio Bolsonaro, según el Tribunal Superior Electoral. La diferencia superó los 4,4 millones de votos. www.tse.jus.br
Tres semanas antes, el escenario era otro. Bolsonaro había terminado primero con el 47,03%, mientras el presidente había alcanzado el 45,16%. La remontada permitió a Lula acceder a un cuarto mandato y mostró que una ventaja electoral, incluso después de una primera vuelta, puede ser insuficiente para asegurar una victoria. www.camara.leg.br
El resultado invita a discutir algo más que las estrategias de los candidatos. También pone en cuestión las lecturas que presentan el avance de las derechas como un proceso inevitable y que, por momentos, confunden su capacidad para ocupar la conversación pública con una adhesión social consolidada.
Eso no significa que la victoria de Lula estuviera anunciada.
El Datafolha publicado el 22 de octubre mostraba a ambos candidatos con el 50% de los votos válidos, con una pequeña diferencia favorable a Bolsonaro antes del redondeo. La incertidumbre era real.
Explicar el desenlace exige conservar esa incertidumbre y evitar que todo lo ocurrido parezca, retrospectivamente, parte de un camino predeterminado.
LAS DERECHAS Y LA CONSTRUCCIÓN DE UNA REALIDAD DIGITAL.
Una dimensión central de la discusión es el uso político de las redes. Una de las fortalezas de la comunicación de las nuevas derechas reside en combinar explicaciones accesibles, adversarios identificables y una fuerte apelación emocional.
El humor, la provocación y la confrontación pueden convertir una posición política en una experiencia de pertenencia.
Para parte de los jóvenes, ese discurso puede presentarse como una rebeldía frente a dirigentes, instituciones y formas de hablar que perciben alejadas de sus problemas.
La adhesión no necesariamente comienza con un programa económico: puede empezar con un video, una burla compartida o la sensación de que alguien se anima a decir lo que otros callan.
En esos circuitos, la reiteración de mensajes semejantes puede producir una impresión de consenso.
Una persona encuentra constantemente contenidos que confirman sus posiciones y termina percibiendo que lo que observa en su pantalla representa al conjunto de la sociedad.
La intensidad de una comunidad política adquiere, así, apariencia de mayoría.
Pero las interacciones no equivalen a votos. Un contenido puede circular porque genera adhesión, rechazo, curiosidad o indignación.
La capacidad de llamar la atención constituye un recurso político; su conversión en confianza electoral requiere algo más.
LO QUE SE CONVERSA ALREDEDOR DE LA MESA.
Los jóvenes que consumen esos contenidos también viven en hogares donde las decisiones económicas adquieren consecuencias concretas. Escuchan hablar del sueldo, del trabajo, de las deudas y de los gastos que deben postergarse. Algunos aportan ingresos; otros dependen de recursos familiares para estudiar, viajar o comenzar una vida independiente.
La experiencia del hogar puede introducir una tensión con el mensaje digital.
Una explicación que resulta convincente en un video encuentra preguntas diferentes cuando hay que decidir qué cuenta se paga primero, si se puede sostener una carrera o por qué alguien de la familia perdió su empleo.
La conversación alrededor de la mesa incorpora voces que no siempre aparecen en el circuito de contenidos que cada persona frecuenta.
Allí intervienen relaciones de confianza, recuerdos y experiencias compartidas. Una afirmación puede discutirse a partir de algo que le ocurrió a un hermano, una madre, un amigo o un compañero de trabajo.
Ese intercambio puede reforzar una posición política, pero también sembrar una duda. No hace falta que una persona cambie inmediatamente de opinión para que comience a modificarse su relación con un gobierno.
A veces, la primera transformación consiste en dejar de justificar todo, empezar a exigir resultados o reconocer que una promesa tarda demasiado en cumplirse.
La mesa familiar, desde esta perspectiva, es también un espacio donde se procesa la política. Lo que allí se conversa puede cambiar el sentido de lo que se vio unas horas antes en el teléfono.
LAS DIFICULTADES NO PRODUCEN UN VOTO AUTOMÁTICO.
Sería un error suponer que una situación económica adversa conduce necesariamente a abandonar al oficialismo. Un joven puede reconocer que su familia atraviesa dificultades y, aun así, sostener su apoyo porque considera que el esfuerzo es necesario, responsabiliza a gobiernos anteriores o desconfía más de la oposición.
Por eso, la disputa incluye la interpretación de lo que ocurre. Importa cuánto tiempo se está dispuesto a esperar, qué costos se consideran tolerables y a quién se atribuye la responsabilidad. También qué expectativas existen sobre el futuro.
La comunicación política puede sostener una promesa durante un período. Sin embargo, esa promesa necesita renovar su credibilidad.
Cuando la distancia entre lo anunciado y la experiencia cotidiana se prolonga, puede abrirse un espacio para revisar decisiones que parecían firmes.
Para la oposición, esa distancia representa una posibilidad, no una garantía. El malestar puede traducirse en un cambio de voto, en abstención, en desinterés o en la búsqueda de otra alternativa. Convertirlo en apoyo requiere construir confianza y ofrecer una respuesta que resulte posible.
QUÉ PERMITE DECIR LA REMONTADA DE LULA.
La elección brasileña permite pensar estas relaciones, aunque no demuestra por sí sola que la conversación familiar haya explicado el cambio de voto juvenil. Para sostener esa conclusión harían falta estudios específicos que identifiquen quiénes modificaron su preferencia y por qué.
Tampoco corresponde presentar a Lula como un candidato ajeno a las redes. Después de la victoria, destacó la participación de los jóvenes en las calles y en las plataformas digitales y agradeció a André Janones por la organización de una comunidad de apoyo en WhatsApp. Se trata de la evaluación del propio ganador sobre su campaña, no de una medición independiente de su efecto electoral.
La hipótesis más útil es que la comunicación digital, las relaciones personales y la organización territorial pueden potenciarse.
Un mensaje encuentra mayor fuerza cuando conecta con una experiencia reconocible y circula a través de alguien en quien se confía.
La participación también cambió entre ambas vueltas. Según el TSE, la abstención pasó del 21,08% a alrededor del 19,2%. Hubo una mayor concurrencia a las urnas, aunque ese dato general no permite adjudicar automáticamente los votantes adicionales a una candidatura. www.tse.jus.br
La remontada muestra, en definitiva, que una relación de fuerzas puede modificarse. Identificar los mecanismos concretos de esa transformación exige más cuidado que celebrar una estrategia de comunicación o atribuirlo todo al descontento.
ARGENTINA 2027: EXPECTATIVAS Y EXPERIENCIA COTIDIANA.
Para la Argentina, el resultado brasileño puede producir un efecto sobre las expectativas.
La oposición encuentra un ejemplo de recuperación frente a una derecha competitiva. El oficialismo recibe una advertencia sobre los riesgos de considerar irreversible una ventaja política.
Ese impacto simbólico puede influir en el ánimo de dirigentes y militantes, en las discusiones sobre alianzas y en las estrategias de campaña. Pero los votos brasileños no se trasladan a la Argentina. Lula tiene una trayectoria, una identidad política y una relación con su sociedad que ninguna fuerza argentina puede incorporar por simple asociación.
Hacia 2027, Javier Milei deberá someter su gestión a la evaluación del electorado. En esa evaluación importarán los resultados que cada sector perciba, la distribución de los costos y las expectativas que conserve. Una mejora en un indicador puede ser políticamente relevante, aunque su traducción electoral dependerá también de cómo se experimente en los hogares.
Allí vuelve a aparecer la cuestión de los jóvenes. Su vínculo con el oficialismo no debería considerarse una identidad definitiva. Puede sostenerse, profundizarse o revisarse según sus experiencias, las de sus familias y las alternativas disponibles.
El apoyo electoral es una relación que necesita renovarse.
La oposición, por su parte, no puede limitarse a esperar que el desgaste haga su trabajo.
Deberá explicar qué propone, cómo lo llevaría adelante y por qué merece confianza después de sus propias experiencias de gobierno.
El deterioro de una expectativa oficialista no resuelve esos problemas.
UNA LECTURA DESDE RAUCH.
Desde una ciudad como Rauch, estas discusiones adquieren una escala cercana. La política nacional se interpreta también a través de lo que ocurre con un comercio, una actividad productiva, un empleo o la posibilidad de sostener los estudios de un hijo.
Las redes atraviesan esas experiencias y les ofrecen explicaciones. A su vez, las conversaciones familiares y comunitarias pueden discutirlas, corregirlas o reforzarlas. Comprender ese intercambio resulta más útil que imaginar electores definidos para siempre por su edad o por los contenidos que comparten.
La remontada de Lula deja una advertencia para quienes gobiernan y para quienes aspiran a reemplazarlos.
La capacidad de dominar una conversación puede abrir una oportunidad política, pero sostener una mayoría exige responder a experiencias que ningún equipo de comunicación controla por completo.
Para 2027, en nuestro país, parte de la elección también se estará discutiendo alrededor de esas mesas.
Allí, la promesa que llegó por el teléfono tendrá que encontrar una explicación convincente para lo que está pasando en casa.