
Mientras buena parte de la atención pública busca nombres propios, la verdadera disputa transcurre en otro lugar: las alianzas, las reglas de competencia y el reordenamiento de los partidos. Allí se está jugando hoy buena parte de la elección de 2027.
La mayoría de la gente busca nombres. El análisis político observa procesos.
Si alguien observara hoy la política local podría llegar a una conclusión equivocada: que las elecciones de 2027 todavía quedan demasiado lejos y que, por lo tanto, nada importante está ocurriendo. Sin embargo, sucede exactamente lo contrario.
La pre campaña ya comenzó. Lo que ocurre es que todavía no se habla de candidatos.
Cada vez que termina una elección aparece la misma tentación: comenzar a hablar de la siguiente. Es una práctica comprensible. La política nunca se detiene y el interés por anticipar escenarios forma parte del juego democrático. Sin embargo, existe una diferencia importante entre analizar tendencias y adelantar posibles candidaturas.
Hoy, cuando faltan todavía varios meses para las elecciones de 2027, comenzar a identificar posibles candidatos constituye un ejercicio prematuro que corre el riesgo de invertir el orden natural del proceso político. En otras palabras, supone poner el carro delante del caballo.
No se trata de discutir las condiciones, capacidades o proyección de un dirigente en particular. El problema es metodológico. Y precisamente por eso merece ser analizado.
LA CAMPAÑA QUE TODAVÍA NO SE VE.
A simple vista podría parecer que las próximas elecciones quedan demasiado lejos como para ocupar la agenda política. Sin embargo, quienes siguen de cerca la dinámica de los partidos saben que la etapa de construcción ya está en marcha.
La diferencia es que todavía no se expresa a través de candidaturas.
Entonces aparece una pregunta inevitable:
¿POR QUÉ TODAVÍA NO SE HABLA DE CANDIDATOS O CANDIDATAS?
La respuesta es sencilla. Porque el sistema político aún está resolviendo cuestiones mucho más importantes. Antes de definir quién encabezará una lista, cada fuerza necesita responder interrogantes previos: con quién competirá, bajo qué reglas seleccionará a sus candidatos, qué estrategia electoral adoptará y cómo reorganizará sus liderazgos.
Esas discusiones ya comenzaron. Lo que todavía no comenzó -o no debería- es la etapa de los nombres. Por eso, quien sólo busca candidatos probablemente concluya que todavía no pasa nada. Pero quien observa los procesos advertirá que la política ya empezó a moverse.
Toda competencia política nace rodeada de incertidumbre. Precisamente por eso los actores procuran reducirla mediante acuerdos, alianzas, reglas de competencia y construcción organizacional. Las candidaturas aparecen cuando buena parte de esa incertidumbre ya fue resuelta.
La política siempre llena los vacíos. Cuando todavía no aparecen los candidatos, el poder se disputa mediante alianzas, reglas e instituciones. Es una competencia menos visible para la opinión pública, pero mucho más decisiva, porque allí se define quién llegará en mejores condiciones cuando finalmente llegue el tiempo de los nombres.

UN PROBLEMA DE MÉTODO, NO DE NOMBRES.
El análisis político trabaja sobre una premisa sencilla: los procesos deben comprenderse respetando su secuencia. Las candidaturas no aparecen de manera espontánea. Son el resultado de una serie de decisiones políticas que se desarrollan en etapas claramente diferenciadas.
Los estudios sobre partidos políticos y competencia electoral muestran, desde hace décadas, que las candidaturas constituyen una variable dependiente del proceso político y no su punto de partida. Autores como Maurice Duverger, Giovanni Sartori, Ángelo Panebianco o Gary Cox, desde perspectivas diferentes, coinciden en que las reglas electorales, la organización partidaria, la estructura de las coaliciones y los incentivos institucionales condicionan decisivamente la selección de candidatos.
Antes de competir hacia afuera, los partidos necesitan ordenarse hacia adentro. La construcción de liderazgos, los equilibrios internos y las negociaciones organizacionales forman parte de la competencia política, aunque todavía no produzcan candidaturas visibles.
Primero se definen las estrategias de cada espacio. Luego se negocian alianzas y coaliciones. Más tarde se establecen las reglas mediante las cuales se elegirán los candidatos. Recién después comienzan a consolidarse los nombres propios.
Alterar ese orden conduce, casi inevitablemente, a diagnósticos incompletos. Analizar primero las candidaturas cuando todavía no se conocen las coaliciones ni las reglas de competencia equivale a leer el último capítulo de una novela -si no es Rayuela de Julio Cortázar- habiendo salteado los anteriores.
La política no se analiza por fotografías; se analiza por procesos.
CUANDO CAMBIAN LAS REGLAS, CAMBIAN LOS CANDIDATOS.
Existe además un aspecto que suele pasar inadvertido. Los candidatos no solamente dependen de las personas; dependen también de las instituciones.
Las reglas mediante las cuales se seleccionan las candidaturas modifican los incentivos de los dirigentes, alteran las relaciones de poder dentro de los partidos y redefinen el equilibrio entre competencia y negociación. No produce los mismos resultados un sistema con elecciones primarias abiertas que otro basado exclusivamente en acuerdos partidarios o decisiones de las conducciones políticas.
Por esa razón, discutir candidaturas antes de conocer cuáles serán las reglas de competencia supone construir escenarios sobre una base todavía incierta. Es, lo repetimos, poner el carro delante del caballo.
Si las reglas mediante las cuales se seleccionan los candidatos todavía forman parte del debate político -como ocurre desde la suspensión de las PASO y la discusión sobre los mecanismos de selección dentro de las coaliciones-, resulta difícil sostener que ya pueda hablarse seriamente de candidaturas.
No deja de ser paradójico que mientras el sistema político argentino continúa debatiendo sus mecanismos de selección de candidatos y las fuerzas políticas todavía negocian su arquitectura de alianzas, una parte minoritaria del debate público ya pretenda identificar a los protagonistas de una competencia cuyo diseño institucional aún permanece abierto.

LA POLÍTICA NACIONAL TODAVÍA ESTÁ ORDENANDO EL TABLERO
Basta observar el escenario nacional para advertir que ninguna fuerza política tiene resuelto su camino hacia 2027.
El PRO y La Libertad Avanza continúan atravesando un proceso de negociaciones y redefiniciones acerca del alcance de su relación política y electoral. Lo que hoy aparece como una aproximación puede consolidarse, modificarse o incluso fracturarse según evolucionen las estrategias de ambos espacios.
El peronismo tampoco presenta un panorama cerrado. Las discusiones sobre el liderazgo, la reorganización interna, el papel del gobernador Axel Kicillof y la conformación de una propuesta competitiva para los próximos años forman parte de una «rosca» política que todavía está lejos de concluir.
Mientras tanto, la Unión Cívica Radical continúa debatiendo cuestiones de identidad, estrategia y política de alianzas. Las decisiones que adopte su Convención Nacional -y habrá que atender que sucede en la provincial, también- resultarán determinantes para definir cómo competirá el partido y con quiénes lo hará.
Es decir, los principales actores políticos todavía están resolviendo la arquitectura del sistema. Y mientras la arquitectura permanece abierta, resulta prematuro intentar definir quiénes ocuparán cada lugar dentro de ella.
Asimismo, ninguna de esas discusiones tiene un carácter meramente nacional. En un sistema político multinivel como el argentino, las definiciones que adopten esos espacios condicionarán directamente la competencia en los municipios bonaerenses.
RAUCH TAMPOCO ESCAPA A ESA LÓGICA.
Pensar que la política local puede analizarse al margen de estos procesos constituye otro error frecuente.
Los municipios bonaerenses forman parte de un sistema político multinivel. Las decisiones que se adoptan en los planos nacional y provincial terminan condicionando la competencia local. Las alianzas que finalmente se constituyan, los acuerdos entre partidos, las reglas para seleccionar candidatos y la distribución del poder dentro de cada coalición influirán directamente sobre la oferta electoral de Rauch.
Por eso, cualquier análisis profundo sobre 2027 debe comenzar por preguntarse cómo llegará ordenado el sistema político.
LOS COSTOS DE EMPEZAR POR LOS CANDIDATOS.
Desde la perspectiva de la comunicación y la estrategia política, la instalación prematura de candidaturas suele ser considerada una práctica de alto riesgo.
Existe, además, un aspecto estratégico que muchas veces pasa inadvertido.
Desde la perspectiva de la comunicación y la estrategia política, la instalación prematura de candidaturas suele ser considerada una práctica de alto riesgo. La experiencia comparada muestra que anticipar nombres antes de que maduren las condiciones políticas puede generar costos que, muchas veces, superan sus eventuales beneficios.
No solamente constituye un error de análisis. También puede transformarse en un error político.
La anticipación excesiva de un nombre puede abrir disputas internas que todavía no deberían existir, desalentar a otros dirigentes, rigidizar negociaciones que requieren flexibilidad, dificultar acuerdos futuros y exponer innecesariamente a un eventual candidato a un desgaste prolongado.
Paradójicamente, cuanto antes comienza una candidatura, más tiempo permanece sometida al desgaste propio de la competencia política.
Las organizaciones políticas con mayor experiencia suelen recorrer el camino inverso. Primero construyen consensos, luego consolidan alianzas, después definen las reglas de competencia y recién cuando ese proceso madura presentan sus candidatos.
No es casualidad. Es una forma de administrar los tiempos de la política y reducir los costos que produce el deseo de instalar nombres antes de tiempo.
ANTES DEL CANDIDATO, EL ESCENARIO.
El periodismo y el análisis político no siempre miran lo mismo.
La discusión sobre quiénes competirán en 2027 llegará. Sin dudas llegará.
Pero todavía no es el momento. Antes deberán resolverse las alianzas, los liderazgos, las estrategias partidarias y las reglas mediante las cuales cada espacio seleccionará a sus representantes. Recién cuando ese escenario comience a despejarse tendrá sentido analizar qué dirigentes se encuentran mejor posicionados para competir.
Hasta entonces, cualquier pronóstico sobre candidaturas debe leerse con prudencia. Es más, mientras tanto, seguirán ocupando un lugar secundario.
El tiempo del periodismo suele pedir nombres. La política, en cambio, responde primero con procesos. Las alianzas, las reglas electorales, la organización de los partidos y la construcción de liderazgos son las piezas que hoy se están moviendo, aunque no siempre ocupen los titulares.
Por eso, la pregunta más interesante no es quién será candidato en 2027. La verdadera pregunta es qué sistema político llegará a 2027. Porque cuando esa respuesta empiece a aparecer, los candidatos dejarán de ser una incógnita para convertirse, simplemente, en lo que nunca deberían dejar de ser: una consecuencia.
Quizás por eso, el periodismo y el análisis político no siempre miran lo mismo. Mientras el primero suele buscar impacto, el segundo intenta comprender los procesos que terminan produciéndolo. Porque, antes de los nombres, está la política.